Hoy decidí compartir con ustedes, colegas, una pequeña historia que nació un día mientras estando acostada en mi cama vi cómo los pies de una compañera –que practica ballet- se movían.
A fin de cuentas, siempre habrá historias y, bueno, una más no hace daño.
Todo parece un sueño.
Mi nombre es Maraam, soy descendiente de árabes. Tengo 20 años y nunca, nunca he hablado. Soy sordomuda.
Desde pequeña supe que mi vida y mi mundo eran completamente diferentes al de los demás. Yo hablaba con mi cuerpo, los demás hablaban con la boca.
Tengo la firme creencia que las cosas que le pasan a una persona tienen que ver con el pasado de sus ascendientes y son enviadas por medio de otra persona para ser remediadas.
Mi padre abrió la boca muchas veces cuando no debía. Formaba parte de una secta que pretendía matar a cualquier cristiano. Mi madre como fiel esposa siempre protegió sus retorcidos ideales. Pero mi madre, mi madre no tiene perdón. Gritó a los cuatro vientos que no me quería en su vida incluso antes de que yo me formara como una persona en su seno.
Creo que soy la causa de sus locuras y sus más oscuras intenciones. Creo que vengo a remediar sus daños, pero debo vivir para remediarlos como ellos no pudieron hacerlo: guardando eterno silencio. La deuda está pagada.
De dónde vengo la gente lleva en su sangre algo que se llama danza interna. Nacimos bailando.
La música de nuestros pueblos es única, Arabia es enorme y cada lugar tiene una música tradicional diferente. Pero todos estamos unidos por la danza.
Desde chica veía cuando se formaban los círculos y las parejas de esposos se ponían a en el centro y bailaban. Lo que más captaba mi atención era el sensual y lento movimiento de las manos y la cadera.
Mi fijación por el movimiento se volvió adicción. Bailaba siempre, cuando podía y cuando no debía. Comencé a notar, más o menos a la edad de 15 años que mis movimientos habían dejado de ser los de una niña. Los mahrams (hombres que acompañan a una mujer) e incluso los jóvenes notaban mi presencia, cosa que antes no sucedía.
Un día me levanté ensangrentada y comencé a llorar, pensé que me había hecho daño y mi madre solo se rió con una mueca de desencanto. Te compraré un hiyab.
Era una pesadilla.
Comencé a usar el hiyab sin quererlo, ese velo era odioso y se pegaba a los costados de mi rostro a causa del sudor. Usar hiyab indicaba que eras una mujer, y de donde yo vengo una mujer es siempre considerada una prostituta.
Mi deseo de bailar incrementaba, mi cuerpo empezó a tomar una forma que yo desconocía. El busto me creció mi cintura se hizo pequeña y mi cadera se ensanchó.
Bajo ese velo movía mis dedos y mis pies, rotaba la cadera en círculos y justo en ese momento me sentía yo.
Solo puedes bailar con tu mahram (hermano, esposo o padre). Yo no tenía hermanos, no tenía esposo y ¿con mi padre?, con él jamás bailaría.
Decidí hacerlo a escondidas. Escondida en mi recámara o dentro de mis ropas. Cantoneaba en mi cabeza y me movía sin parar.
Un día mi padre me vio. Había estado fuera todo el día y cuando llegó yo estaba bailando, soporté esa y otras palizas. Nada, nunca me impediría bailar.
Como faltaba comida en casa decidí buscar un trabajo. De dónde vengo trabajar está prohibido para las mujeres.
Encontré un lugar lejos de mi casa, en donde podía bailar sin que nadie me juzgara y además me pagaban por hacerlo. Qué suerte.
Todo marchaba bien, iba de jueves a domingo y el día mas concurrido era el sábado. Qué ironía. El sábado los hombres tienen que ir a la Mezquita.
Mi sordera sorprendía a algunos. Yo no escuchaba lo que gritaban cuando me subía al escenario. Para mi ese lugar era mi casa, era mi lugar.
Bailar se había convertido es mi manera de ser, aunque la gente por la calle a veces murmuraba cosas, a mi me daba igual. Yo no escuchaba, y era completamente feliz.
Un día al llegar a mi casa mi familia estaba reunida, mi madre me indicó con las manos que tenían una excelente noticia. Claro para ella cualquier cosa que me alejara de ella era excelente.
-Rashid ha venido a tomar tu mano. Hemos aceptado. Te casas en dos semanas.
Las bodas en Irán son fáciles. Si a un hombre le gustas y tiene suficiente dinero para mantenerte a ti y a tu futura familia (como indica la Sharia), pide tu mano y si tu familia acepta te casas con el.
Mi mundo que hasta entonces consistía en esconder unas mentiras sobre trabajar y bailar a escondidas, se convertía en una infinita pesadilla.
No dije nada, no podía decir nada, hice un gesto a mi madre con las manos indicándole que debía subir al baño.
Corrí, las lágrimas rodaron incesantes humedeciendo el hiyab y mi manto. Salí de casa cuando Rashid se había ido. Rashid era un socio de mi padre, de unos 57 años y con dos esposas.
Corrí hasta la montaña más alta donde no pudieran verme. El atardecer aparecía frente a mis ojos y por primera vez y con una dificultad indescriptible emití un sonido que se convirtió segundos después en mi primera frase. Estoy segura que nadie habría podido adivinar que dije, mis labios se separaron con dificultad y ansiosa por gritar y como un polluelo que sale triunfante de su caparazón dije: Necesito bailar.
Cerré los ojos, arrojé el hiyab que llevaba puesto y solo me quedé con la túnica. Extendí los brazos hacia el cielo y comencé a mover lentamente mis muñecas al ritmo de la música que formaba en mi cabeza.
Mi cadera comenzó a moverse como si nunca lo hubiese hecho, con una fuerza extraña y una sutileza que podría llegar a calmar cualquier tormenta.
Bailé por una hora sin descaso y cuando mi cuerpo no aguantaba un solo paso mas y mi mente se encontraba agotada, me tumbé en la tierra.
Vi como lentamente el sol se escondió, anaranjado como nunca. Cerré los ojos y sollocé un instante.
Después vino la calma, la calma por siempre en donde los sueños son solo sueños y la vida no es vida.
Desperté agitada y con un nudo en la garganta. Mi madre estaba en la puerta con unas toallas sanitarias y un par de píldoras.
Arrojé al suelo mi libro de historia y me hice bolita en mi cama.
-Ya eres una mujercita.
Me levanté y me arreglé para mi clase de ballet. Eran a las ocho y mis pies ardían en fuego anhelando el momento de tocar el escenario.