La voluntad de Dios

Inoportuno, en el refectorio el cartujo rompe el silencio monacal con una risa veloz y sibilina. Todos voltean a verlo con enfado, él se sonroja y baja la cabeza. La noticia de la elección de José Mario Bergoglio como sucesor de Benedicto XVI lo ha hecho recordar un chiste indecente:

Un argentino se encontraba haciendo el amor con su novia, en el momento más ardiente ella grita:

—¡Ay, Dios mío!

Satisfecho y comprensivo, él le dice:

—Bueno, en la intimidad me podés decir Arturo.

De regreso a su celda, avergonzado y contrito, piensa en la severa reprimenda del abad, quien le hizo confesar el motivo de su hilaridad y al saberlo le prohibió volver a leer en internet bromas sobre el pueblo del ahora papa Francisco, al parecer un hombre bueno cuya modestia desmiente la presunta pedantería de los argentinos, quienes, según una falaz creencia, para suicidarse se suben a lo más alto de su ego y se tiran al vacío.

En las redes sociales la chacota sobre el nuevo pontífice parece inagotable, pero, por fortuna, carece del amargo veneno destilado contra Joseph Ratzinger a quien llamaron “el pastor alemán” y, con inexactitud y mala leche, caricaturizaron como nazi. Sin embargo, la renuncia a su inmenso poder como líder de la Iglesia católica le ha otorgado una altura inimaginable para sus críticos de pacotilla —hay otros cuyas reflexiones, con argumentos sólidos, resultan obligadas cuando se trata de conocer y evaluar su trayectoria.

Al barullo por el nombramiento del arzobispo de Buenos Aires como sucesor de San Pedro, contribuye su nacionalidad pero también la desbalagada sensatez de políticos como Nicolás Maduro, según el cual la entronización de Bergoglio se debe a la intercesión de Hugo Chávez ante el mismísimo Dios, con quien de seguro a estas horas se lleva de a cuartos, como se decía en la lejanísima infancia del monje, cuando las palabras no eran fiscalizadas por ninguna suprema corte de justicia (así, con minúsculas) y muy pocos se preocupaban por el horror de lo políticamente correcto.

Como si lo necesitaran, el orgullo de los argentinos se ha fortalecido y en Twitter se encuentran frases como éstas: “Dios está en todas partes, pero se reúne en Buenos Aires” o “Argentina tiene su dios, Maradona; su mesías, Messi, y ahora también un Papa”. Y una reina, la de Holanda, por si hiciera falta atizar la hoguera de las vanidades.

La risa, afirma Darío Fo, libera al hombre de sus miedos, y en la libérrima red abundan las carcajadas, los golpes bajos a la solemnidad de otros tiempos y aun las réplicas irónicas de los defensores de la institución papal, como Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, quien ante los ataques sufridos por la elección de Benedicto XVI escribió en su cuenta de Twitter algo aplicable al momento actual: “Y los tuits trajeron frutos y se multiplicaron por treinta, por sesenta, por cien. Quien tiene orejas para entender, que entienda”.

Queridos cinco lectores, con humildad porteña, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.