Los casinos de Escobedo

Un amigo de la CROC me pidió que diseñara una campaña de imagen para restaurar la reputación pública de cierto casinero de Monterrey. Me ofreció boletos de avión, una cita en privado con su cliente y el pago de los honorarios correspondientes. Desde luego me negué. Mi amigo me reviró con un argumento que supuso invulnerable: un buen abogado debe estar dispuesto a defender hasta a un delincuente confeso, porque el derecho es imparcial.

“El derecho sí – le repliqué – pero la ética no”. Además, si bien alguna vez fui abogado, por fortuna se me quitó. Por otro lado, un publicista, un diseñador de imagen no debe prestarse a solapar sospechosos; debe aprender mejor a saber decir que no. Mentira que uno debe irle a todas: hay límites, fronteras y, en algunas personas, hasta conciencia.

Rechacé también ante mi amigo de la CROC la idea convenenciera de que todo problema público se limita a errores de comunicación y defectos de imagen. La vida nos expone también a conflictos de fondo y a disyuntivas morales que no se resuelven con buenos contenidos mediáticos: esa perspectiva existencial es una soberana estupidez.

Me alega mi amigo de la CROC que el mencionado casinero es un empresario responsable que comenzó desde abajo con un pequeño casino, hasta crecer comercialmente a base de esfuerzo y tesón. No tengo motivos para poner en duda estos datos subjetivos. Pero por culpa de su mala suerte o por imprudencia o por otras causas que desconozco, se metió en el ojo del huracán de un problema mayúsculo y desproporcionado. Y entonces recuerdo el ejemplo español: cuando un avión se cae, el director general de la aerolínea pide perdón públicamente y renuncia por dignidad a su cargo. En México estos pruritos morales nos hacen lo que el viento a Juárez.

Por esas mismas razones no entiendo el por qué las autoridades de Escobedo hayan reabierto las puertas del casino Malibú, propiedad de Raúl Rocha que justificadamente habían clausurado. Luego dieron manga ancha a su dueño para modificar de última hora el inmueble y cumplir fuera de tiempo con el Reglamento de Desarrollo Urbano.

El silencio de César Cavazos, alcalde de Escobedo, me desconcierta, porque es un hombre que suele actuar de buena fe. Pero en esta ocasión su posición como autoridad queda en entredicho. Más cuando hace días lanzó una frase temeraria: “Ni un casino más en Escobedo”.

Puedo dar fe de que César Cavazos y Raúl Rocha no se conocen ni han entablado ningún tipo de trato. Pero si la mujer del César debe ser honesta y parecerlo, con mayor razón el César debe ser virtuoso y demostrarlo. Que comience en este caso por darle a la gente de Escobedo una merecida explicación. Sé que lo hará pronto.