“Tienenus” papam

Hace tres días lo tuiteaba y mi análisis fue acertado: sería una elección rápida la del jefe de la iglesia católica debido a las circunstancias. La renuncia de Ratzinger tomó por sorpresa a la comunidad internacional, pero al interior de los altos muros del Vaticano, una dimisión de la responsabilidad papal tiene por obvias razones sesiones de discusión, análisis y elección previa de aquél que ocupará la silla del sumo pontífice.

Respeto las creencias que cada individuo tiene sobre su dios, dioses o seres omnipotentes que rigen sus vidas. Sin embargo, para efecto de análisis, debo estar atento al sentido común y escuchar lo que me dice. Y lo que me dice es que la Iglesia, como cualquier otra institución estructurada, está conformada por áreas de interés y por grupos de poder que, desde sus puntos de vista, tienen todos la respuesta adecuada a los retos que han de enfrentar. Y estos grupos de poder, conformados por la curia romana, también tienen aliados ideológicos, comerciales, bancarios y políticos.

Que no se olvide o que se tenga en claro que la señal de humo blanco, tan tradicional pero al mismo tiempo colorista y dramática, es signo de la elección de un líder religioso y de un jefe de Estado. Y el Vaticano, como toda figura política y geopolítica, tiene órdenes de gobierno, rangos de poder, compromisos empresariales, compromisos bancarios y financieros; tratos, tratados y convenios; intereses económicos; crisis diplomáticas y crisis de corrupción. Ante el negro escenario en el cual se encuentra la iglesia católica, es claro que la dejación de Ratzinger al puesto de papa pudo haber sido voluntaria o impuesta. Por todo lo anterior, pienso en la segunda de estas opciones.

El papa Bergoglio asume el poder del Vaticano para enfrentarse a retos que Ratzinger decidió no afrontar por cansancio –por vergüenza- o por lo delicado del panorama y es aquí donde el círculo rojo de la curia romana, pudo haber tomado la decisión política de “renunciarlo”.

Jorge Mario Bergoglio, ahora llamado Francisco, a sus 76 años de edad debe sentarse a la mesa de la discusión y el debate si en verdad el objetivo de la Iglesia es recobrar a sus feligreses desertores o por lo menos marcar las bases para captar a nuevos creyentes. Y éste, es el menor de sus problemas porque no es el único conflicto que enfrentan los prelados. Deben, por sobre todas las cosas, hacer frente a los escándalos constantes de pederastia que parecen no acabar, a las denuncias y pagos millonarios por acuerdos y entender la obligación moral de entrevistarse y escuchar a las víctimas. Por si fuera poco, estos escándalos sobre las patologías que sufren los curas, ponen en entre dicho la elección de los así “llamados a la vocación” y todas las aristas personales que, queda claro, no se desvanecen por arte de magia o de la fe. Por ejemplo, el tema del celibato es otro asunto de orden personal que también ha dejado severas heridas ante la renuncia de curas que desean casarse o las dobles vidas que llevan algunos en donde la mujer y los hijos son “células de la sociedad” en clandestinidad.

Esta última línea me pone a pensar sobre las constantes acusaciones que la Iglesia hace sobre decisiones que hombres y mujeres toman sobre su vida y su propio cuerpo. Desde la unión entre personas del mismo sexo hasta el siempre polémico tema del aborto, la Iglesia es incongruente cuando estigmatiza estas acciones de índole personal y nada hace sobre los sacerdotes pederastas que han dañado a tantos en numerosos países.

En el caso particular del papa Francisco, cómo defender declaraciones hechas por él sobre la falta de acciones para enfrentar la pobreza y la desigualdad en Argentina, subrayándolas como omisiones “inmorales, injustas e ilegítimas” cuando la propia Iglesia ha demostrado ser inmoral e injusta en las acciones –u omisiones- para castigar y frenar de tajo a los sacerdotes pederastas. Estamos hablando de ataques y violencia sexual al sector más vulnerable de la población: los niños. Estamos hablando de tres visitas -investigaciones- registradas para evaluar el comportamiento de Marcial Maciel durante los años 40, 60 y finales de los 90 que no fructificaron y que en todos los casos las víctimas fueron las perseguidas y difamadas.

Difícil estar en los zapatos en los que se ha colocado Francisco. La Iglesia reprocha a los seres humanos del mismo sexo que deciden unir sus vidas. Reprueban el que incluso adopten niños. Pero no se escandalizan, acusan ni ejercen la mano de hierro cuando sus propios integrantes parten de tajo la sexualidad y la psique de menores de edad. Hay una gran crisis en el Vaticano y la grieta parece no dejar de crecer y de tumbar pedazo a pedazo los cimientos del catolicismo. Si este nuevo papa y la curia que lo eligió no toma por los cuernos al toro en cristalería que cada vez los debilita más, el tema de las escasas vocaciones sacerdotales y la desbandada de feligreses será el menor de sus problemas. Estarán enfrentando una creciente crisis de credibilidad que puede acabar debilitando al propio Estado.

La Iglesia no se está poniendo a la altura intelectual y racional de estos tiempos. Su misticismo está resquebrajándose y con ello la fe que es lo único que mantiene a los creyentes hermanados en una sola idea. Francisco y la curia romana, no la tienen fácil.

Benedicto XVI terminó por caer en cuenta que una investigación seria sobre encubrimiento o complicidad lo haría topar con su propia figura y la de su antecesor, Juan Pablo II, quien resultó ser el más grande protector de Marcial Maciel”. (Carmen Aristegui. Marcial Maciel Historia de un Criminal. Grijalbo, México, 2010).

Nota en el refri: Que dios lo ampare.