El brindis de un bohemio

Soy lo bastante viejo como para haberme aprendido, de niño, las largas líneas de “El brindis del bohemio”. Aquellos versos de Guillermo Aguirre y Fierro, lo confieso, me parecían sensacionales. Que los tiempos han cambiado lo demuestran muchas cosas: para empezar, aunque estamos en invierno, tecleo a solas con la música de fondo de una película que se despliega en el televisor de mi recámara. No estoy precisamente riéndome, y en cuanto al humo de olorosos cigarrillos, quedó largo tiempo ha en el pasado.

Me acuerdo con melancolía, por supuesto, de mi mamá. Se fue hace tres meses y a pesar de mi frialdad, la recuerdo y recuerdo lo que ella significó para mí y para mis hermanos, hasta donde sé. Dentro de una familia llena de problemas, como todas, ella fue el pilar, la estabilidad, el sacrificio, la referencia. Ella nos enseñó que detrás de todo lo que uno pueda llegar a ser, son valores cruciales el trabajo y la constancia, en un amor que no se parece quizás tanto al de las novelas, pero que en verdad es un cimiento inamovible.

Siendo más franco que de costumbre, uno tendría que admitir que en buena medida la identidad propia es hija de la mujer, o más bien de las mujeres. Porque son ellas las que, de la mano de nosotros, nos ayudan a definirnos.

Mi pareja, Maribel, es 13 años menor que yo, pero en algunos temas es infinitamente más capaz y madura que este Peter Pan irredento. Es una mujer impaciente, irritable, geniuda, insegura, pero al mismo tiempo pragmática, estable, confiable, un complemento perfecto para, como dice la canción, un tipo como yo.

A fin de cuentas, con Ortega y Gasset, yo soy yo y mi circunstancia. Soy mi presente y mi pasado, y mi pasado ha sido moldeado, una y otra vez, por las mujeres que han cruzado mi camino, que me han dejado un pedazo de su corazón en las manos, que me han sostenido cuando andaba de capa caída, que me han nutrido la vida con un amor y una comprensión más allá de los límites del deber.

Tristemente, a pesar de todo, no siempre he comprendido esa importancia, el valor de ese acompañamiento, y a veces he lastimado a esas mujeres que han vivido a mi lado. Lo admito con una pena no sé si tardía pero en verdad franca; si de algo tendría que arrepentirme en mi vida, a estas alturas, sería de eso, de no haber estado a la altura, de no haber sido generoso cuando era lo exigible, de haber cerrado los ojos cuando debí abrirlos, de haber dado la espalda a la vida en momentos de duda.

Otra vez como dice la canción, por eso y muchas cosas más, hoy brindo por la mujer. No por una entelequia falaz, no por la mujer de una definición de pacotilla, de plástico, sino por la mujer, o más bien por las mujeres que con su existencia y con su generosidad han permitido que yo haya llegado a ser lo que soy: y aquí van incluidas mi mamá, mis tías, mi hermana, mis primas, mis amigas, mis comadres, mis parejas, mis colaboradoras, mis conocidas. A todas ustedes, mi reconocimiento, porque en ustedes me veo, en ustedes me reconozco, en ustedes me enorgullezco. Muchas gracias.