El cartujo cometió la imprudencia de ver a Elba Esther Gordillo sin maquillaje, desde entonces lo atormentan las pesadillas y no puede cerrar los ojos sin recordarla, ojerosa rendida, detrás de las rejas de los juzgados del Reclusorio Preventivo Oriente.
Nunca pensó mirarla así, aunque, Dios lo perdone, lo deseó con el alma. Sin embargo, blandengue como es, lo conmueve hasta las lágrimas su recién estrenada fragilidad, su larga lista de supuestas enfermedades, su provecta edad. Es una anciana cuya legendaria ferocidad se esfumó tan rápido como la flama de un cerillo en una tarde de viento. Un día en la cárcel —el primero de muchos— bastó para amansarla, cuando menos en apariencia, para volver inofensivos sus afilados colmillos.
Cuando en la televisión apareció con su uniforme de reclusa, despintada y con la voz apenas audible, el monje murmuró aquella vieja canción de Cuco Sánchez: “A dónde está el orgullo/ a dónde está el coraje…”. No encontró en ella a ninguna guerrera, nada en su actitud revelaba el espíritu combativo, beligerante, ante el cual sucumbieron, por conveniencia y quizá también por miedo, los gobiernos panistas.
En el periódico La Razón, Carlos Jiménez narra el momento cuando, en el penal de Santa Martha Acatitla, La Maestra se desprendió de su bolso Louis Vuitton, tan popular entre las profesoras de educación primaria en el país, y de su ropa de diseñador.
Era la medianoche del martes, sentada en una banca lloraba y repetía: “Me la hicieron a la mala, fue a la mala”. Dos celadoras le pedían quitarse su lujosa vestimenta y ponerse el uniforme reglamentario, ella no quería. Pensaba, tal vez, en su piel escamosa pero delicada, acostumbrada solo a lo mejor, a las telas más finas, a los más caros afeites; miraba el atuendo carcelario, descolorido, áspero, usado, y sus gimoteos se hacían más grandes.
¿A quién con un poco de sensibilidad no se le derrite el corazón ante una escena como ésta? Con un soplo se derrumbó su castillo de naipes edificado con sangre, sudor y lágrimas de los maestros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, con un golpe la dejaron tambaleante, al borde del nocaut. Faltaría rematarla, aunque al parecer ya no será necesario cuando es la viva imagen de la desgracia.
Esa noche —dice Carlos Jiménez—, La Maestra fue fichada, le tomaron las huellas digitales, le pidieron sus generales y la fotografiaron con su número de presa. Esa noche se acabó su buena suerte.
Nadie, excepto sus incondicionales y un fraile sentimental, llora por ella. Le quitaron, literalmente, las garras y ahora es una más en la siempre incompleta lista de políticos corruptos defenestrados en este país. Ojalá aproveche el tiempo, y si durante su encierro el ingeniero Jorge Díaz Serrano lo utilizó para darles lecciones de inglés y tenis a sus compañeros, ella bien podría aprender a leer y escribir. Nunca es tarde para hacerlo.
Queridos cinco lectores, con aullidos a la luna llena, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.