Crash: la cultura del choque

Desde que los automotores hicieron su gloriosa aparición en el imaginario posrevolucionario mexicano, debieron provocar deleite entre los seres humanos con delirios de audacia. Y más cuando se popularizó toda esa serie de películas de persecución y disparos al por mayor, rubias sensuales vulnerables a cualquier detective con barbilla partida, y villanos necesariamente feos, los cuales además, lanzaran risotadas como ametralladoras con sordina.

Dejando de lado toda esa herencia maldita de las películas de los hermanos Almada, Lola la trailera y el exquisito Juan Orol, en Monterrey hemos desarrollado toda una cultura del conductor belicoso, alevoso, y con un desprecio inquietante hacia las reglas más elementales de circulación vehicular. La luz roja del semáforo no es tomada en cuenta como una orden, sino como una sugerencia; el cinturón de seguridad, así como el uso de las direccionales para dar vuelta o para cambiar de carril, por lo general, no son atendidas por los conductores suicidas regiomontanos.

Para el año 2011, de acuerdo a las cifras de la Secretaría de Vialidad y Tránsito de Monterrey, se registraron alrededor de 20 mil accidentes de tráfico. Seguramente para el año 2012, las cifras se dispararon, no solamente por el crecimiento del parque vehicular sino por la epidemia de carambolas que asoló a las vías rápidas de Monterrey en la temporada de lluvias.

En definitiva, la condición de conductor en regio requiere un poquito de prudencia y una buena póliza de seguros que respalde toda la serie de peripecias a las cuales puede recurrir esa bestia al volante en que se convierte un cándido ciudadano de a pié.

Múltiples factores causan toda esta serie de desgracias. Por un lado, el simple descuido de un choque por alcance, la imprudencia para rebasar por la derecha, los clásicos cerrones o las colisiones que se suscitan en los cruceros.

La ciudad como telón de fondo de las disputas entre los automovilistas: mentadas y ofensas, injurias graves y amenazas. Misoginia ante las mujeres al volante y el acoso ante los que no piensan con la misma ideología emparentada con la película Rápido y furioso.

Pero quizá en todo este berenjenal de la cultura vial del regio promedio, mucho podrían hacer las autoridades, no solamente con la congruencia entre lo que dice el reglamento y lo que en realidad hacen los encargados de aplicarlo, sino con verdaderas políticas enfocadas a la prevención de accidentes, no con operativos anti-alcohol, diseñados con fines recaudatorios, sino con medidas estructurales que prevengan ése ánimo salvaje del ciudadano loco-motorizado.