Para Luis Bernardo Pérez Puente
“Denme los primeros seis años de la vida de un niño y pueden guardarse el resto.” La frase con que Rudyard Kipling inicia su autobiografía Algo de mí mismo condensa la imagen del escritor inglés y su obra ante el escultismo, donde aún alcanza a distinguirse la bruma disipándose entre la impenetrable vegetación de la selva hindú y un coro de aullidos rasgando el silencio.
Ni su prolífica imaginación pudo prever cómo “Los hermanos de Mowgli”, aquel cuento escrito en la soledad del invierno de Vermont a la espera del nacimiento de su hija Josephine, y publicado en el St. Nicholas Magazine, en 1893, culminaría con la aparición de sus “Jungle Books”, los libros más difundidos y recordados de su obra, sobrevivientes a los cantos de glorificación de un imperio que decaería al no comprender a tiempo la transmutación del poder de las armas al económico, y la obsoleta convicción del orden, justicia y civilización, impuestos por medio de lanzas y fusiles, evolucionados a ametralladoras y gases asfixiantes, antes de llegar a las bombas guiadas por láser y el terror atómico.
Quién dijera que sería dentro de los scouts, por medio de los lobatos que todos los sábados entretejen sus fantasías en torno a la figura de Mowgli y su manada, donde Kipling encontraría un agradecimiento y valoración vigente, más allá de las lecturas infantiles, el análisis histórico condenatorio y las disneylescas versiones musicalizadas con las voces de Flavio, Tin Tan y Pelayo.
Retratista de la India colonial
“La imagen de la India británica que nos da Kipling es con mucho la más plena, más amplia y más vívida que se haya hecho nunca”, sentencia David Gilmour en La vida imperial de Rudyard Kipling. Su biografiado nació en 1865, en un Bombay donde, para los pocos residentes ingleses perdidos en el universo étnico que desde siempre ha sido el subcontinente indio, la metrópoli era su asidero a una identidad propia.
Sus primeros años los recordaría el propio escritor como una cotidiana convivencia con mundos incomprensibles para el hombre blanco, donde resulta más fácil para un niño hablar indostaní, considerar normal vivir al lado de un cementerio parsi, donde los muertos son expuestos a la voracidad de los buitres, y preguntarle a su madre sobre la aparición de la mano de un niño en el patio trasero de la casa.
A los seis años Kipling y su hermana menor son llevados por su padres a Inglaterra para depositarlos en una faster home (casa de crianza); en el ocaso de su vida todavía recordaría las brutales golpizas prodigadas por su directora fanática de la religión y los castigos corporales como método pedagógico: “Sin aviso ninguno”, relata en su autobiografía, “mi madre volvió de la India. Me contó después que la primera vez que subió a mi pieza para darme un beso de buenas noches, yo levanté la mano como para detener el golpe que estaba acostumbrado a recibir”. Saldría de ahí con la adquirida voracidad por la lectura y una miopía que desde entonces lo obligará a usar gafas, valiéndole el mote de Escarabajo por parte de sus compañeros de infancia.
En 1878 ingresa a un internado donde termina de afianzar su pasión por la literatura. A los dieciséis años su padre lo regresa a la India para colocarlo como periodista en La gaceta civil y militar de Lahore. “El trabajo era pesado”, relata el escritor. “Representaba yo el cincuenta por ciento del personal editorial de un diario de Punjab, una hermana menor del gran Pioneer de Allahabad y del mismo propietario. Y un diario sale todos los días aún cuando el cincuenta por ciento de su personal tenga fiebre.”
Ahí es donde Kipling empieza a retratar por escrito la vida de la India colonial. Para 1889 retorna a Inglaterra con veinticuatro años de edad, cerca de diez libros publicados y una enorme fama entre el público y círculos literarios ingleses. Posteriormente se embarca en un viaje alrededor del mundo, contrae matrimonio con Caroline Balestier, mujer de dominante carácter con quien visitaría Japón —país del que publicaría sus impresiones en Viaje al Japón—, para terminar por establecerse en los Estados Unidos, en el poblado de Brattleboro, Vermont, donde construye una casa bautizada como Naulakha, título de una de sus novelas.
Fue aquí, a miles de kilómetros de del lugar que lo viera nacer y con una temperatura ambiental de varios grados bajo cero, donde comenzaría a escribir sus historias del niño criado por lobos. El manuscrito del primer borrador de “Los hermanos de Mowgli” se lo regala a la enfermera que cuidara a su esposa e hija recién nacida.
Regresa a Inglaterra fastidiado de América y la intromisión de los periodistas en la vida de alguien quien ya es una celebridad mundial. Su infatigable espíritu viajero vuelve a embarcarlo en el invierno de 1897 rumbo a África del Sur, donde dos años después lo sorprende el estallido de la guerra anglo-bóer. Ayuda a editar un diario para las tropas inglesas, lo cual le permite recorrer la zona de combate.
Había contingentes extranjeros que insistían en luchar según la técnica europea. Los bóers los colocaban en la vanguardia y se mantenían alejados de ellos. En un encuentro, los “zarps” [nombre con que denominaban a la policía del Transvaal] lucharon brillantemente y se hicieron matar casi todos. Eran en su mayor parte suecos dignos de simpatía
Permanece hasta el final del conflicto, cuestionándose los motivos que llevaron a Inglaterra a sostener una guerra contra un pueblo de inmigrantes holandeses que mantenía su hegemonía sobre los territorios y pueblos nativos basada en el racismo.
La guerra se había convertido en un conjunto desagradable de consideraciones políticas, reformas sociales y problemas de habitación, más trabajos de maternidad y otras vanidades absurdas. Es posible —aunque lo dudo— que en total hayamos muerto unos cuatro mil bóers. Nuestras pérdidas, sobre todo por enfermedades susceptibles a prevenir, deben haber sido seis veces ese número.
A inicios del siglo 20 encontramos a Kipling y su familia viajando constantemente entre Inglaterra y África —en 1901 publica otro de sus libros más conocidos, la novela Kim—; es íntimo amigo de Leander S. Jameson y Cecil Rhodes, dos siniestros personajes del imperialismo, relación posteriormente puesta a relucir por los detractores del escritor: el primero encabezaría en 1895 una fallida invasión al todavía territorio bóer del Transvaal, conocida como el “raid Jameson”; fue capturado y remitido a Inglaterra para ser juzgado. Dicha acción se considera como uno de los antecedentes directos de la guerra en la que ambas naciones se enfrascarían cuatro años después, donde Baden-Powell resistiría el asedio a la plaza de Mafeking.
Kipling relata en su autobiografía aquellas largas travesías marinas:
Jameson vino con nosotros a casa una vez y cometió una impertinencia en la mesa. Una señora muy inglesa con dos hijas rubias había sido colocada allí el primer día de navegación. Cuando, razonablemente, protestó de la comida y la llamó “de prisionero”, Jameson dijo:
—Como miembro de las clases criminales, le aseguro que es peor.
En la próxima comida, estábamos solos en la mesa.
Baden-Powell sería otro compañero de viaje con quien trabaría amistad, según lo consigna William Hillcourt en Las dos vidas del héroe. Como militar en activo, formaba parte de una comitiva encargada de inspeccionar las tropas inglesas destacadas en Sudáfrica, unos meses antes que al escritor le otorgaran el Premio Nobel de Literatura de 1907, a los cuarenta y dos años de edad, lo que lo convertiría en uno de los galardonados más jóvenes de la historia.
En el diploma otorgado por la Academia sueca se leen las razones del jurado para seleccionar su obra, donde confluye su “poder de observación, la originalidad de la fantasía, la virilidad de las ideas y el notable talento narrativo que caracterizan las creaciones de este autor de fama mundial”.
Kipling escribe sus impresiones del viaje a Estocolmo para asistir a la ceremonia de premiación, ensombrecida por la muerte del soberano anfitrión, Óscar II.
Mientras navegamos, el viejo rey de Suecia falleció. Cuando llegamos a la ciudad, blanquísima bajo el sol, encontramos a todo el mundo en traje de etiqueta. El duelo oficial fue curiosamente impresionante. La tarde siguiente, los agraciados con el premio fuimos presentados al nuevo rey. La oscuridad del invierno sobreviene en esas latitudes a las tres, y estaba nevando. La mitad de la vasta extensión del palacio estaba apagada, porque ahí yacía el cadáver del viejo rey.
Kipling se encontraba en el pináculo de la fama a la que todo escritor podía aspirar; paradójicamente, en ese momento comenzó su debacle. El imperio que exaltaba en sus versos y narraciones comenzaba a mostrar fisuras. Europa se encontraba en el preámbulo de la Primera Guerra Mundial, donde por cuatro años los ejércitos contendientes se desangrarían en estériles carnicerías en las trincheras, a donde millares de reclutas británicos marcharon recitando “Si...”, su poema más popular. La Gran Guerra le jugaría además la cruel ironía de arrancarle a su único hijo varón, John, “en defensa del Imperio”, desaparecido durante la batalla de Loos, en territorio francés, su padre no tuvo siquiera el consuelo de recibir un cuerpo al cual darle sepultura. Ya en 1899 había experimentado la pérdida de Josephine, su primogénita, víctima de la neumonía.
Al término de la contienda, empezó a ser menospreciado por los escritores de vanguardia —la corriente de la conciencia anunciaba su arribo a la literatura, con las obras de James Joyce y Virginia Woolf. Sus libros por él considerados como “trascendentes” encontraban cada vez menos aceptación entre el público, mientras aumentaba la popularidad de sus obras menores, como el propio Kipling consideraba a los Libros de la Selva.
A partir de entonces, los estudiosos de su obra señalan que su estilo se volvió más amargo y desilusionado, lleno de frustraciones existenciales. Su último libro sería precisamente su autobiografía, publicada en 1937, un año después de su muerte en Londres a los setenta y un años de edad. En dicha obra hace todavía algunas reflexiones sobre los cuentos de Mowgli; con fina ironía se queja de la gran cantidad de imitadores surgidos a raíz de la publicación de sus “Jungle Books”. Menciona como el principal a un tal Edgar Rice Burroughs, autor de Tarzán de los monos, obra de lo que lamenta no haber visto su versión cinematográfica. Años después se suma a la lista la propia Asociación de Scouts de México cuando, en 1962, la Editorial Escultismo publicara una “versión para lobatos”, firmada por Roberto Hernández Orozco, titulada Las aventuras de Mougli (sic), años después reeditada por César Macazaga en su Editorial Innovación, sin crédito.
Próxima entrega: Kipling y Baden-Powell
Llamadas de silbato
ESCUELAS COMO LOCALES: Habrá que preguntarle su opinión a los lobatos o troperos sobre lo que les representa irse a meter a una escuela los sábados, después de soplarse todos los días hábiles encerrados en un salón, pero reconozco que son afortunados los grupos que disponen de sus instalaciones para realizar las juntas sabatinas. Esto volví a confirmarlo en el Instituto Oriente de Puebla, local del grupo 3 de la provincia ídem y sede durante el pasado fin de semana de la reunión regional que convocó a los dirigentes poblanos y a los de Tlaxcala, Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Hidalgo y Estado de México. La neta está chido organizar juegos y competencias en la cancha de futbol, aunque me pregunto si habrán pagado la novatada de plantar una tienda de campaña encima de su pasto sintético. Ah, y para quienes nos fueron a dicho evento, les comparto que estuvimos allá para realizar el lanzamiento de Estacas. Lo mejor del blog esculta de «Milenio». Sí, otro libro recopilatorio de lo aquí publicado ―el primero fue Llamadas de silbato― que empezaremos a mover en algunos de los próximo eventos nacionales. (25/feb/13)