Por supuesto que iba a hablar de los Oscares

Ya me veo los dedos manchados de mantequilla, y las semillitas regadas por mi suéter como niño de 12 años. Vislumbro con claridad mis pantuflas, medio puestas y las luces apagadísimas; habiéndole yo manifestado a mis roomies la clarísima directriz de no interrumpirme al menos de que quieran recibir un trancazo en la quijada. Me anticipo con el celular apagado, el volumen prendido y mis quehaceres en standby; pero más que eso me imagino –por sobre todas las cosas- sentado y notablemente estimulado; inclusive nervioso.

Leer lo anterior sin contexto podría llevar a cualquiera que no me conozca-e inclusive a los que sí- a pensar que he perdido la cabeza, y que pretendo recluirme en un pozo y pintar las paredes con saliva; pero en verdad aludo a algo mucho más sano y menos intenso: Los premios Oscar.

Mi actitud este domingo a las 7 de la noche corresponderá a la de un pre-adulto emocionado por estar a punto de presenciar uno de sus hitos anuales más anhelados. Para mí, contemplar el televisor este domingo tendrá la equivalencia a la fascinación de un niño en Navidad a punto de abrir el regalo más grande del árbol. Será un pase de adrenalina pura que me ensanchará las pequeñas venas de los ojos.

No es para menos: Estamos hablando de la iteración número 85 de una ceremonia que debutó en el Hotel Roosevelt en 1929; con un aforo de tan sólo 270 personas; y que hoy le retumba sus cuerdas vocales a 40 millones de personas en más de 100 países. Hablamos de un evento que en 2011 había entregado 2 mil 809 estatuillas (26 de ellas a Walt Disney y ninguna a Alfred Hitchcock), reconocido a 302 actores distintos, y que contaba con un consejo votante de 5 mil 783 seres humanos. Hablamos de todo esto y muchos otros pedacitos más de trivia que denotan lo antisocial y desequilibrado que soy (uno más: El Indio Fernández fue quien posó desnudo para que pudiera gestarse el diseño de la famosísima estatua dorada).

Toda esta euforia no hace más que volverse exponencial este año, pues el repertorio de competidores para mejor película está más caliente que Cleopatra a los 22 años. Habemus películas excelentes por tradición (Lincoln), independientes por decisión (The master), raras por obligación (Django) y cautivantes por oficio (Life of Pi). No hay ninguna sola “colada”, ningún relleno indefendible que llegó por kórima o cabildeo (no dudo que hayan llovido meteoritos de lobbying, pero justificaría la estancia de cualquiera de las nueve).

Habrá quienes no disfruten de este tipo de eventos, quienes prefieran jugar Monopoly o brincar la cuerda; y hasta cierto punto los entiendo: Sin el contexto adecuado, puede ser bastante tortuoso ver una colección de personas que se dedican a personificar a otros personificándose a sí mismos en un podio. Es verdad que sin un buen comediante, unas palomitas excelsas y básico currículo fílmico, el magnetismo de los premios puede desmoronarse: Puede ser como un concierto de un género que detestas, a cargo de un grupo que no conocías, interpretando canciones que jamás has escuchado; visto desde tu televisión.

Pero para los que disfrutan con demencia el incomparable poder que denota el séptimo arte al mezclar sonido e imágenes en movimiento, o para los que albergan al menos una ligera afinidad hacia el cine, este domingo será celestial e imperativo. Los invito de la manera más intensa a que hagan a un lado a sus seres queridos, desatiendan la limpieza de la casa, olviden cerrar la llave del lavabo y encierren al perro en la lavandería para deleitarse con un suceso que no tiene colegas. Provecho.