Recuerdos de Joaquín Cordero

De una caja oculta debajo de su catre, el cartujo saca un libro fechado en abril de 1990: Anécdotas de un actor, de Joaquín Cordero. Lo abre y observa los subrayados, pálidos por la humedad y el tiempo, poblados de fantasmas.

El libro está dedicado a su esposa Alma: “…mi compañera, mi amiga, mi consejera… el amor de mi vida”. Ella está presente en muchos otros momentos de estas memorias dedicadas a recuperar las luces y sombras de un mundo perdido de glamour y grandes figuras, donde él se ganó un lugar después de años de esfuerzo y perseverancia.

Recuerda sus comienzos como extra, el carácter explosivo de Pedro Armendáriz, el sarcasmo de directores como Chano Urueta, la amabilidad y belleza de Mapy Cortés, la seriedad de Cantinflas fuera de cámaras, la bondad de Carlos López Moctezuma, uno de los grandes villanos del cine nacional.

“Es completamente distinto a lo que aparenta en la pantalla —escribe Cordero—. Es muy buena persona, amable, sencillo, simpático. (…) A mí me trata amigablemente y me da consejos”.

En la película Quinto patio el director Raphael J. Sevilla, nervioso, inseguro, chaparro, se subía a una grúa para regañarlo a gritos. La primera vez nadie dijo nada, pero la segunda López Moctezuma alzó la voz para reclamarle: “Señor Sevilla, ¡ya basta de estar maltratando a este muchacho! Si quiere que desempeñe bien su papel, dele las instrucciones adecuadas”.

Sevilla quiso protestar, pero el aplomo del prestigiado actor lo dejó sin palabras.

Joaquín fue dirigido por Luis Buñuel en El destino de una mujer. Cuando una ocasión le preguntó cómo debía hacer una escena, le respondió: “Usted hágala como sienta que debe reaccionar el personaje. Yo no sabré cuando lo haga bien, pero sí cuando lo haga mal”.

Recorrer las páginas de este anecdotario es atisbar por el ojo de la cerradura las intimidades de los estudios cinematográficos durante la llamada época de oro, la convivencia, a veces fraternal y en ocasiones difícil, entre los actores, sobre todo entre los principiantes y los ídolos como Pedro Infante, con quien actuó en Pepe el Toro.

En un descanso de la filmación, Joaquín le dijo: “No sabes lo importante que es para un actor que todavía no se coloca, actuar a tu lado. Con admiración y respeto porque sé lo que vales…”.

No pudo terminar la frase, Pedro se alejó y fue a pararse frente a un ventanal, dándole la espalda, como si no lo hubiera escuchado.

La noticia de la muerte de Joaquín Cordero ha propiciado la relectura de este libro. En él se refiere también a su experiencia en el teatro —con maestros como Celestino Gorostiza—, en la televisión y hasta como cantante en Nueva York.

Es una obra fascinante para estos años convulsos y sin estrellas.

Queridos cinco lectores, con la esperanza de ver cuando menos a uno de ustedes en la presentación del libro El Santo Oficio. Periodismo, literatura y cultura popular, el sábado dos de marzo, a las 12:00 horas, en el Auditorio Bernardo Quintana del Palacio de Minería, la pía sociedad los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.