Julia, la fea
Una tristísima historia está por concluir con un final que, si no es feliz, al menos será un poco más justo de lo habitual. El martes llegan a su natal Sinaloa los restos de Julia Pastrana, una mujer singular que a pesar de tener muchas cosas en contra, se las arregló para ver mundo, aprender mucho y tener una vida interesante.
La sinaloense padeció algo que hoy se llama hipertricosis lanuginosa, agravada por una hiperplasia gingival: ambas condiciones se tradujeron en una retahíla de problemas físicos: Julia apenas medía 1.33-1.34 de estatura, tenía una barba hirsuta, dos hileras de dientes y un aspecto no precisamente agraciado.
Pero como ha ido quedando en claro por su rastro documental, Julia tenía, detrás de sus deformidades, un espíritu curioso y lleno de sensibilidad. Por los rumbos de Sinaloa se dice que la llamaban Juana la Barbona, y que viajaba en una carreta de maromeros presentando un espectáculo de baile y canto.
Llevada a distintos escenarios por empresarios circenses, Julia intrigó a muchos públicos que no podían concebir que aquel engendro tuviera una voz hermosa, o que cantara en español e inglés y que incluso tocara el piano.
Atada por un empresario que se casó con ella, Julia recorrió varios países asombrando a todos, y de pronto resultó que estaba embarazada: era la parte final de 1859, y al año siguiente dio a luz un bebé tan hirsuto como ella, que vivió apenas unas horas. Ella también murió a los cinco días.
El marido, fiel al lema de que el espectáculo debe continuar, mandó que embalsamaran los dos cuerpos y los siguió exhibiendo. Y luego las dos momias sufrieron una serie de vejaciones que al fin terminarán, cuando los restos de Julia, custodiados desde hace décadas por la Universidad de Oslo, al fin encuentren en Sinaloa un espacio dónde descansar.
La historia de Julia lo pone a uno a pensar. Quiero creer que la mujer diminuta tuvo la entereza para dejar que las miradas curiosas se le resbalaran, y que debajo de sus barbas había una sonrisa oculta mientras ella, a su vez, estudiaba a los curiosos que la veían.
¡Bienvenida a casa, Julia!