Reducto de náufragos de lo cotidiano, anarquistas que se desprenden de la rutina con la mirada ensimismada en algún punto del infinito. Los habitantes del Chac son seres ampulosos de la ciudad, ahí son notorias las huellas de la batalla existencial, las búsquedas de la juventud que no halla término en seres alados. Ir al Chac, es un ejercicio de juglar, no importa que la guitarra esté desafinada, ni que el cantante sea menos entonado que Valentín Elizalde, ahí lo que importa es la expresión, la música como vehículo de la conciencia que desea adormecerse.
Y sí, señoras y señores, lo que importa es echar 10 pesos a la rockola y poner mil quinientas veces Mrs. Crowley de Ozzie Osbourne, himnos de jóvenes de ayer y hoy, cumbias, rancheras, el corrido de Gabino Barreda o rolas de los setentas. El buen gusto se rompe en géneros, y de tal forma se ponen atentos los sentidos. El calor de la noche se mide por los impulsos musicales de los comensales, y por la velocidad en la cual son devoradas las caguamas.
La vida de una caguama (cerveza en botella tamaño familiar) es de corta duración en el Chac. Es el principal agente embriagador, utilizado como refresco muy preciado en los veranos peligrosos o como bebida mística, ya sea para contactar a los dioses que se dejan ver en la azotea del bar, o también con el fin de instalarse en el muy confortable universo Chac.
Pero obviamente, todos los bares del centro tienen su historia, sus intimidades penosas, sus muertes violentas, su pornografía más truculenta. Los antros no son centros de luz y armonía; en el Chac la existencia puede llevarte a la nada, después de una fatídica noche de cerveza y tequila, besos, abrazos y dulces mentadas de madre. Sin embargo, cada noche puede ser una posibilidad para hacer más estética una borrachera, entre pláticas con propios y extraños, compartiendo una sonrisa o meditando en lo profundo de la barra.
La vida de un bohemio podría ser resumida, como la graciosa huida hacia los encantadores brazos del alcohol, pero viéndolo con mayor atención, es posible observar que todo el aparatoso trance de las noches en el Chac, se puede resumir en una mesa con cáscaras de cacahuate, muchas botellas vacías y frases sueltas anotadas con prisa sobre las paredes del lugar.
Por si alguna duda había, las paredes del Chac, atisban una deconstrucción del individuo, atajado por las películas hollywoodenses y las telenovelas mexicanas, neurotizado por los noticiarios a toda hora del día, por la realidad oficial o por la realidad culera. De tal forma el único camino visible para los habitantes del Chac, es el grafiti como invocación a la prehistoria, a un nuevo comenzar. Es el homenaje al hombre de las cavernas que solamente tiene por delante un futuro distinto. Por ello, el Chac es el lugar ideal para construir teorías gravitacionales o sociales, para despotricar contra el gobierno y los medios, para orinarse en las instituciones y crear suspiros sin un gran presupuesto.
Quizá sea, el ciudadano Chac, un ser en peligro de extinción, pero probablemente sea más o igual de resistente que las cucarachas que habitan en todos los rincones donde el ser humano echa raíces.

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