Roca mujeres

Crecí a unas cuadras de la “zona roja” de calzada de Tlalpan, entre las estaciones Portales y Nativitas del metro, por lo que desde niño me resultó habitual la imagen de las señoras que afanosamente se ganan el pan con el sudor de su… frente. (Sólo años después reparé en la inusual estatura y corpulencia de algunas de ellas, lo que me llevó a comprender el significado del dicho “De noche todos los gatos son pardos”.)

Sobre los misterios del sexo femenino debo reconocer que el entorno familiar no resultó la mejor fuente para develarlos. Pasados sus ochenta años, mi madre se mantiene firme en achacarle dicha responsabilidad a su marido quien, encogiéndose de hombros, suele justificarse aduciendo que siempre confió en nuestra inteligencia y criterio.

Pero, bueno, para eso también estaban los scouts.

Baden-Powell no soslayó el tema, abordado en Roverismo hacia el éxito, donde habla de los “escollos” ―rocas les llamamos algunos― que deben sortearse al “remar tu propia canoa”. Uno de ellos es el sexo femenino, sobre el que expresa linduras como la siguiente:

Muchos hombres tienen que lamentar el haber supuesto que si iban con una mujer que no fuera una prostituta reconocida no había peligro de contraer la enfermedad [refiriéndose a la sífilis]. Pero las estadísticas demuestran que ahí el peligro es aún más grande. La muchacha que ha sido una vez engañada por algún truhán pierde el sentido de la vergüenza y consiente ocasionalmente en ir con otros hombres y en su ignorancia está más propensa a contraer una enfermedad, ya que no sabe qué precauciones debe tomar; por tanto entraña más peligro para sí y para aquellos con quienes está en contacto.

Con tales opiniones ―ejemplificadas con ilustraciones como la que aquí incluimos sobre las clases de mujeres existentes―, mi difunto cuate el Muppet no hubiera dudado en otorgarle a Baden-Powell el “Cerdo de Oro”, galardón por él instituido para honrar las más conspicuas expresiones misóginas.

Mi clan, como cualquiera que se preciara de serlo, brindó especial atención a la “roca mujeres”, como puede apreciarse en la transcripción del reporte anónimo de una de sus actividades fechada el 13 de agosto de 1982 (cuya autoría confesó mi hermano Adrián, entonces de 21 años), titulada “Visita cultural al teatro Colonial”, recinto domiciliado en Santa María la Redonda 91, según se consigna en los boletos que se conservan, con un costo de $125 y el anuncio del inicio de la función del “Teatro de Medianoche” a las 00:15 horas:

La Roca Mujeres es una de las rocas más escabrosas que debe sortear un clanero. Es por eso que el clan decidió ir ese viernes 13, al burlesque.

Comenzamos por visitar la Carpa Olímpica, a la que no pudimos entrar por falta de presupuesto. Nos sentimos desamparados, hasta que se nos ocurrió consultar a nuestro experto en este tema, por lo que a sugerencia de Germán Celis, acudimos al Teatro Colonial

Ahí había dos precios: de cerquita y con opción a lengüetazo, o con los pobres hasta atrás; escogimos, claro, el precio menor, siendo los únicos en toda esa sección del teatro.

Después de contemplar la belleza autóctona y al natural de las esculturales encueratrices que ahí se exhibían, y de cerrar la boca a uno que otro esclavo, dimos por concluida nuestra visita cultural.

Ni mis chavos, si había vida antes de bajar pornografía de internet.

Llamadas de silbato
“LUGARES DE PERDICIÓN”:
La impericia de los encargados de las publicaciones de la Asociación los llevó a reeditar títulos con toda suerte de agregados que reflejan mentalidades de épocas diversas, cual capas geológicas. De ahí que Roverismo hacia el éxito incluya “Unas palabras del Traductor. Para los Rovers Católicos” ―curiosa acotación si consideramos que el autor del libro profesó el protestantismo―, firmado por Jorge Núñez Prida, ex jefe scout nacional, donde leemos su curiosa interpretación sobre las bondades del escultismo hacia la juventud: “Con estas prácticas, el niño se aficiona desde muy tierna edad a las diversiones y goces naturales sencillos, las excursiones, los juegos activos y los campamentos y éstos lo sustraen de cines, billares y cantinas o lugares peores, con que la ciudad le atrae especialmente por medio de carteles inmorales que en su mayoría son una incitación al mal”. Quien esto escribe aventura una hipótesis que motivo al buen don Jorge a expresarse tan mal de dichos lugares de esparcimiento: igual le tocó ver puros churros, nunca logró una carambola de tres bandas y todas las veces que fue a una cantina no alcanzó la botana del día. Digo, eso a cualquiera indigna… NUESTRO PROPIO SUPERTAZÓN: Adrián, mi hermano mayor, se hizo güey y sólo jugó 15 minutos antes de pedir su relevo del partido; por su parte, el Cochinón de plano se limitó a observarlo desde la banqueta aduciendo que la hipertensión diagnosticada a sus 51 años le prohíbe el esfuerzo físico que demanda correr y darse de catorrazos por la posesión de un balón (su esposa, la adorable Cristina, estuvo presente para asegurarse de que no fuera a cometer una imprudencia). Yo todavía me duelo de sendos costalazos en el pavimento de la calle aledaña a la delegación Benito Juárez donde, desde 1981, se han reunido los integrantes del clan de mi grupo y sus descendientes ―gracias a mis dos veinteañeros sobrinos logramos la mayoría de las anotaciones de nuestro equipo― el domingo del Supertazón, en un remozado “estadio” que ahora cuenta en la esquina con una estación de la flamante línea 12 de metro. Para esta ocasión nos autonombramos los “49’s de la Del Valle”, en alusión a la edad que promediamos. (04/feb/13)