Amour

Michael Haneke presenta una vitrina a la fibra más dolorosa del amor: su velocidad.

Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Louis Trintignant) son respetados profesores de música que han llegado al comienzo del fin de sus vidas. Casi como dos fuerzas contrarias, el amor y la muerte se encuentran presentes en ambos, que han vivido en una misma dirección toda su vida. Ahora su destino comienza a tomar un nuevo rumbo, esta vez apartándoles el uno del otro.

Durante una comida como cualquier otra, Anne tiene una crisis que comienza la decadencia de su cuerpo, mismo que Georges se empeñará en mantener con vida a pesar de los deseos de Anne.

Haneke se asegura de inundarnos en la realidad (que en algún punto fue la suya, puesto que toma este tema de una experiencia personal reciente). No hay salida a las tomas largas, a las miradas y comentarios aparentemente irrelevantes. Para el espectador común podría parecer tediosa.

“Amour” no se comprende si no está claro que el tiempo es clave. Que la incomodidad y las ganas de avanzar más rápido no las sentimos solamente como espectadores.

I do not own this material.

Encontramos gran cantidad de lentitud simbólica. La velocidad a la que se consumen los cuerpos, cómo avanzan nuestros miedos. Que lo único que contrarresta el desamparo de perder a alguien es el corazón. El recuerdo, aunque no esté claro, está lleno de significado.

De la misma manera que un niño sabe que ama a su madre, Amour no propone demostrar lo que una persona está dispuesta a hacer por otra. Existen historias similares. Es encontrarte a ti mismo en cualquiera de los dos lados: aletargado y viendo a otros luchar por ti... o el luchador que no deja.

Al final, ningún día fue diferente al último. Ningún día significó más amor que otro. Es un retrato doloroso, lento, desesperante, aburrido, irrelevante, pero significativo. Todo lo que recuerda el amor cuando se experimenta cada minuto de él.