Guadalupe: morir en el asfalto
Días extraños los que nos ha tocado vivir en esta ciudad de claroscuros. En los últimos tiempos, los delitos ordinarios han palidecido frente al tono violento de los delitos vinculados a la delincuencia organizada, delitos a los que la autoridad llama “de alto impacto”.
El delito de alto impacto más extremo es, por supuesto, el que concluye con la vida de una persona, y malamente nos hemos acostumbrado en esta ciudad metropolitana a que el conteo de cuerpos al final de cada mes sea elevado, tanto que hay más fallecidos por balas adversarias que por accidentes viales.
Los datos son fáciles de contar: a nivel estado, el primer mes de 2013 resulta macabro y afín a los meses anteriores, con más víctimas de ejecuciones que de choques fatales. Los datos que recabó MILENIO Monterrey dicen que en enero hubo 98 crímenes vinculados a los malos contra 36 decesos ocurridos en accidentes: poco menos de tres ejecuciones a punta de bala por cada muerte en el asfalto.
El prietito en el arroz en términos de curiosidad estadística es el municipio de Guadalupe. Ahí los datos cuentan una historia distinta: en enero hubo cinco ejecuciones pero diez muertos viales: cuatro personas murieron atropelladas y seis murieron en choques.
En el clima de hipersensibilidad extrema en el que vivimos desde hace años, esto resulta peculiar: tememos sucumbir si una balacera entre bandas rivales nos sorprende a campo abierto en un semáforo o crucero de la ciudad, pero en Guadalupe hay más probabilidad de que la muerte llegue en forma de colisión o atropellamiento.
Está claro que esto es producto del reducido volumen de eventos fatales registrados en Guadalupe, pero todo aquel que haya conducido un vehículo por sus avenidas repletas de distractores, de salidas informales, de acotamientos hechizos, de señalizaciones truncas, puede atestiguar que el antaño municipio dormitorio del área metropolitana es un lugar en el que uno conduce con los ojos tan abiertos como cuando lo hace en un barrio siniestro y a deshoras.
En cada incidente letal se combinan varios factores: las dos personas que murieron tras impactar un camión de valores habrían podido tal vez argumentar que el tráiler estaba mal estacionado; igual la dama que murió en brazos de su esposo tras el encontronazo con la parte trasera de un camión. Luego está el caso de un chico que discutió con un taxista acelerado, lo distrajo y ello le hizo pasarse un semáforo en rojo, y el de un repartidor de comida de Los Lermas. En todos los casos hubo elementos irregulares que se sumaron al exceso de velocidad y de confianza.
Otros de los accidentes implicaron dificultades para maniobrar y sobre todo para ver a peatones descuidados ubicados fuera del campo de visibilidad de conductores apresurados.
Es triste ser una ciudad, un estado, donde las disputas criminales entre bandas tienen a la comunidad secuestrada por el temor. Es tal vez más triste que en una era que consideramos moderna tengamos un parque vehicular tan amolado, un sistema vial tan cascariento, una educación callejera tan precaria que todavía haya muchas muertes que ocurren en el asfalto.