Lunas de febrero

¿Quién escribe la historia? ¿Cómo se escribe la historia? Las preguntas sin respuesta machacan la tranquilidad del cartujo, quien imagina cómo se leerán las crónicas de este tiempo —para tantos infausto— dentro de un siglo, cuando sus autores no sean sino polvo y muchos de ellos, tan altivos en el engañoso presente, no merezcan ni un miserable recuerdo.

Los indóciles pensamientos llegan con la lectura de Febrero de Caín y de metralla. La Decena Trágica. Una antología (Cal y Arena, 2013), el nuevo libro de Antonio Saborit, flamante director del Museo Nacional de Antropología. En su amplio y documentado prólogo sobre aquellos días oscuros, habla de cómo la prensa atizó el descontento contra Francisco I. Madero a través de textos y caricaturas en los cuales se criticaban sin piedad su carácter, su estatura, sus decisiones; todo, con razón o sin ella.

La hostilidad hacia Madero era evidente no sólo en periódicos y revistas, sino también en espacios públicos y privados. “El descontento era la moneda corriente de la hora y de ella se supo valer Huerta para comprar dispensa o inmunidad para sus actos”, dice Saborit.

Cien años después de la rebelión encabezada el nueve de febrero de 1913 por los generales Félix Díaz, Manuel Mondragón y Bernardo Reyes, muerto ese mismo día a las puertas de Palacio Nacional, quizá sea conveniente recordar cómo veía uno de sus célebres contemporáneos a Victoriano Huerta —quien aprovechó las circunstancias y la ingenuidad de Madero para traicionarlo y ascender a la Presidencia de la República— para ver cómo la historia se encarga de acomodar las cosas.

El 10 de noviembre de 1912 —consigna Adolfo Gilly en Cada quien morirá por su lado. Una historia militar de la Decena Trágica (Era, 2013)—, José Juan Tablada firmó en El Diario un desmedido elogio al general jalisciense.

Entre otras cosas, lo llama “arquetipo de lealtad”, “sacerdote del honor” y “héroe de la abnegación”. Pero no era el único en celebrar a Huerta. Tampoco fueron unos cuantos quienes se alegraron con la muerte de Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez el 22 de febrero, una noche clara, cuando fueron masacrados en el trayecto de Palacio Nacional a la cárcel de Lecumberri, en donde serían recluidos.

Con satisfacción pero también con pavorosa honestidad, Carlos Toro escribió en La caída de Madero por la revolución felicista (antologado por Saborit): “Verdadero asalto o maldita ejecución, el deseo nacional estaba cumplido; si crimen había, fuera éste colectivo, pues toda la sociedad había estado pidiendo insistentemente la desaparición de los dos más graves factores de desorden social de que había sido víctima la República, y si hay ahora quien culpe y se arrepienta que recuerde el vigoroso endecasílabo de Rioja: Gemid, humanos: todos en Él pusisteis vuestras manos... Queridos cinco lectores, con la metralla reventándole los oídos, mientras espera las lunas de febrero, como las llamó Tablada en su crónica de aquellas horas, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.