Lincoln Tarantino

La esclavitud americana fue una aberración de la historia semi-moderna; no conozco alguien que me lo disputaría. Lo que sí varía a niveles esquizofrénicos son los dos grandes caminos que hoy se nos presentan para lograr interiorizar la trascendencia que tuvo aquel punto de choque de la Guerra Civil Norteamericana.

La primera opción implica contemplar boquiabierto los andares de un viejo carismático, visionario y sensible durante los últimos años de su vida. La otra opción, un tanto más moderna, supone observar a un afroamericano encontrar a su opresor y estrellarle un martillo en la cara.

Podemos sensibilizarnos con este hito histórico desde Gettysburg, escuchando uno de los discursos más famosos de todos los tiempos; o bien hacerlo desde el desierto de Texas mientras escuchamos el sonido pantanoso de una colección de vísceras que se estrellan contra el suelo. Las dos opciones son válidas, y en retrospectiva no logro concluir cuál me vino mejor.

Lo que sí concluí es que en este preciso instante coexisten en cartelera las dos mejores películas del 2012. Me consideró un consumado e irremediable adicto al cine, pero por más especímenes fílmicos excelentes que han desfilado por las salas últimamente (Life of Pi), haber visto Lincoln y Django sin cadenas de manera consecutiva la semana pasada me llevó a las faldas del olimpo.

Mi nivel de felicidad y satisfacción con la vida incrementó no sólo porque vi dos filmes inmejorables, sino además porque ambas películas eran tan distintas como similares, y juntas conformaban las antípodas del espectro filmográfico actual.

Me explico: Lincoln fue dirigida por Steven Speilberg y musicalizada por John Williams; un dúo dinámico que existe desde antes que yo, y que nos ha regalado algunas de las películas más icónicas de la historia (Tiburón, E.T., La lista de Schindler, entre otras 23). La película es íntima, discreta; un buffet de ideas y conceptos. Cuenta con un guión maravilloso de Tony Kushner y alberga una actuación de Daniel Day-Lewis, la cual afirmo, es el segundo mejor trabajo actoral que jamás he presenciado. Es un filme cronológicamente pequeño (en la historia sólo transcurren un par de meses) pero temáticamente complejo, un lingote de arte que se olvida de los blancos y los negros mientras nos presenta al eterno debate entre la ideología y el pragmatismo; y nos indica el papel que éste jugó en la abolición de la esclavitud.

La segunda obra, Django sin cadenas, es un caldo de sangre, médula y tendones desgarrados: La película te agarra de la yugular y te sangolotea hasta que te explotan las retinas sin pedir una sola disculpa. Suena extraño, hasta que deja de serlo cuando entendemos que es la obra más reciente del deliciosamente degenerado Quentin Tarantino. La trama se desenvuelve en el sur de Estados Unidos, una región adulterada con las peores facetas de la época esclavista, y en su reducción más simplista trata acerca de un ex esclavo que haría lo que fuera (realmente lo que fuera), por recuperar a su mujer y vengarse de los hombres blancos que le destrozaron la vida. En el fondo es una historia ruidosa y violenta, pero a la vez extremadamente humana y sensible; como un hooligan que escribe poesía y llora por las noches.

Pienso que ésta es una de las cosas que más me gustan del cine; la capacidad que tiene para comunicar fondos similares utilizando formas considerablemente opuestas. Si así fuéramos todos, si comprendiéramos que al final del día decimos lo mismo pero lo manifestamos de manera diferente, dejaríamos de ser esclavos de la recurrencia y el conflicto.