Índice
Crítica.
Selecciones del cine de 2012.
Con el fin de un año (o principio del siguiente, ustedes sabrán comprender) llegan las listas de lo mejor o peor de esto o aquello. Una labor en gran parte arbitraria -¿hay tanta diferencia en calidad entre, digamos, la número siete y la uno, o entre estas y las que apenas se quedan fuera?, ¿cómo comparamos?, ¿qué hay de lo que no se pudo ver?- e ingrata: no se le da gusto a nadie y uno mismo seguro cambiaría la lista al día siguiente. No se trata tampoco de hacer apologías, elaborar listas produce un placer muy particular y cada uno de los trabajos enlistados tiene méritos suficientes para prestarle atención. Que esta lista es la buena, vaya.
Así, quince obras -en estricto orden, que alguna ámpula hay que levantar- que marcaron 2012:
xv) The Imposter, de Bart Layton
No sé si a estas alturas todavía haya que argumentar sobre la falsa división entre cine documental y de ficción. Si fuese el caso, marquemos a The Imposter como prueba D -ustedes decidan el resto. Un ejercicio que sin necesidad de ambigüedades o misterios mantiene la tensión hasta la toma final gracias al trabajo de edición más preciso del año. Layton acompaña la increíble historia del sociópata francés Frederic Bourdin (quien se hace pasar con éxito por un adolescente gringo desaparecido al que no se parece en nada) con un atrevimiento formal al que podemos asignar el mismo adjetivo.
xiv) Bob’s Burgers, creado por Loren Bouchard
Con un tono que funde a los primeros Simpsons o el mejor King of the Hill con la estructura relajada y diálogo afectado de Home Movies -el anterior show de su creador Loren Bouchard-, Bob’s Burgers rescata el arte de la sitcom animada, tan dañado por el insufrible canon de Seth McFarlane. Sin el ritmo cómico de metralla de otros, aquí atmósfera y relaciones se anteponen a premisa e historia, retrabajando tropos familiares con ligeras variaciones que producen resultados a ratos hilarantes, a ratos sorpresivamente conmovedores -gracias en gran medida a un elenco de gente como Dan Mintz, H. Jon Benjamin o Kristen Schaal. El mejor retrato que hay en este momento del patetismo que casi inevitablemente permea la vida familiar y de los lazos que permiten navegarlo.
xiii) The Color Wheel, de Alex Ross Perry
El segundo filme de Alex Ross Perry -que también escribe, produce y protagoniza- comparte tonos y recursos narrativos con el mentado mumblecore pero está menos ocupado con la autenticidad (lo que sea que eso signifique) y se permite varias escapadas surrealistas en su exploración del ennui milenarista. La sostiene el sparring verbal -interminable, de palpable improvisación y resentimiento filial- de sus dos protagonistas: un par de hermanos antipáticos, absortos en sí mismos y sin nada que perder, unidos por lazos de soledad y fracaso. Su improbable road trip culmina en una toma de nueve minutos que perturba y conmueve, sugiriendo la delgada línea entre el desprecio y el afecto.
xii) Looper, de Rian Johnson
Durante una conversación dentro del restaurante que frecuentan, Bruce Willis se dice a Joseph Gordon-Levitt que no está interesado en hablar de viajes en el tiempo. Ahí la clave para Looper. Si uno ha de examinar las reglas del viaje en el tiempo -¿quién las pone?-, Looper lo hace todo mal: no podría importar menos. Rian Johnson establece apenas un puñado de reglas que sigue fielmente y deja el resto convenientemente oscurecido. Lo importante aquí es el arco de sus personajes (tanto así que hasta el mismo mundo futurista desaparece en favor de una granja), la claridad de ideas de Johnson y su habilidad para hacer funcionar el pastiche de influencias que es la cinta.
xi) Chronicle, de Josh Trank
A pesar de estar ensamblada con partes que nos son de sobra conocidas en lo general -el cine de superhéroes y el found footage- y lo particular -bebe directamente de Akira-, la inyección de angustia adolescente de Chronicle consigue entusiasmar. La cinta maniobra para vencer las restricciones inherentes a los géneros -no siempre con éxito- y plasma el destino inevitable que sufriría un adolescente con superpoderes: no una historia de héroes y villanos, sino una sobre la fantasía de poder que se oculta en estas.
x) Breaking Bad, creada por Vince Gilligan
Emulando el arco de su Walter White, este año Breaking Bad va revelando algunas inconsistencias: hay descuidos y algunos huecos se van haciendo más obvios. Pero también como Walter, la serie lo compensa con su ambición: secuencias arriesgadas y logradísimas, actuaciones al mismo nivel. ¿Qué tan plausible es la idea de ver a Walter y Jesse robando un tren? Poco, pero el resultado impresiona. ¿Qué el súbito cambio de Walter en el episodio final tiene poco sentido? Quizá, pero nos regaló esa escena en el depósito o aquella con la familia feliz a un lado de la piscina. Ya habrá tiempo para discutir el lugar en la historia de una serie que, cuando menos este año, nos mantuvo atentos en todo momento.
ix) The Comedy, de Rick Alverson
Dada la sobresaturación actual de narrativas sobre jóvenes blancos privilegiados post-todo que nada más no logran encontrarse a sí mismos, era cuestión de tiempo para una cinta como The Comedy: Alverson lleva la narrativa a sus límites naturales, retratando los aspectos más tóxicos de la cultura que habitan dichos personajes. Tim Heidecker (del dúo de comedia Tim & Eric) se sale en el papel del riquillo huevón Swanson, quien apáticamente prueba los límites de lo políticamente correcto en una cinta que resulta tan incómoda como fascinante.
viii) Weekend, de Andrew Haigh
El romance al centro de Weekend confronta dos personajes que en inicio son arquetipos del hombre gay moderno -uno no totalmente fuera del clóset y que prefiere pasar desapercibido, el otro un militante seguro de su sexualidad que ve en el matrimonio la amenaza de la heteronormatividad- pero que terminan trascendiendo cualquier constructo gracias a una aproximación que no busca subvertirlos, sino examinarlos lo más cerca posible. Un poco en el espíritu de una relectura gay -e inglesa- de Before Sunrise (Linklater, 95), Weekend intima y sugiere.
vii) Damsels in Distress, de Whit Stillman
Catorce años le tomó a Whit Stillman entregar su cuarto filme, y aunque sigue fijado en pequeñas variaciones de su urban haute bourgeoisie y en un cuidadísimo uso del lenguaje, Damsels amplia el abanico de su sátira e igual bebe de los musicales de los treinta como se disfraza de comedia colegial ochentera. Otra cambio es que el mundo de Stillman ahora es todo burbuja, de una frivolidad y afectación sin ironía: un universo color pastel de estudiantes decididas a curar la depresión con tap y jabón perfumado. Lejos de ser un hombre fuera de tiempo dados los años transcurridos, el mundo -que aplaude a algunos de sus alumnos aventajados, como Noah Baumbach o Lena Dunham- por fin parece haberse puesto al corriente de un Stillman más relevante que nunca.
vi) Luck, creada por David Milch
Luck, nunca te conocimos. Ojalá que la historia la reivindique y no quede en la indiferencia con la que se trató a su breve primera -y a la postre única- temporada. Ahí queda ese microcosmos que se iba desenvolviendo sin prisa pero con seguridad, que nos recordaba lo que ya sabíamos: a estas alturas se puede confiar ciegamente en David Milch y su habilidad para crear personajes complejos y tratarlos con empatía. La comunidad en Luck vibra: el hipodromo de Santa Anita cobra vida en su elenco, en su diálogo, en sus formas. Duele perderlos.
v) Oslo, 31 August, de Joachim Trier
Con su segunda cinta, Trier construye con un estilo sobrio y cuidado un retrato de la adicción que evita el romanticismo que generalmente envuelve a este tipo de narrativas. En su lugar, encontramos un estudio naturalista sobre un personaje en busca de una razón para reintegrarse a un mundo que lo ha dejado atrás. Anders es inteligente, carismático: a veces eso no basta: a veces nada tienes que ofrecerle al mundo y este nada tiene que ofrecerte. Adicción, depresión y las trampas del privilegio capturadas por el ojo de un director con maneras.
iv) Holy Motors, de Léos Carax
Carax conduce una imaginativa exploración de las posibilidades del cine, saltando con cada viñeta entre géneros y tonos con bravura y casi sin que se le vean las costuras. Holy Motors sorprende y desorienta, pero siempre permanece cohesiva: unida por una por una melancolía -por el medio, por el oficio, por el cuerpo- que corre por de debajo de cada segmento.
iii) Moonrise Kingdom, de Wes Anderson
A estas alturas uno ya sabe por donde se mueve Wes Anderson y Moonrise Kingdom lleva sus obsesiones preciosistas a niveles casi autoparódicos. Pero si el director es experto en la creación de mundos cerrados, afortunadamente también se revela capaz de imbuirlos del peso dramático necesario -y, si me permiten el atrevimiento, de ‘corazón’. Así, su historia de dos niños que escapan del rígido mundo adulto para formar el propio sea tal vez su pieza más lograda desde Rushmore, aquella otra evocación del romanticismo juvenil.
ii) Louie, creada por Louis C.K.
Louis C.K. continúa a la suya, subiendo las apuestas con cada temporada. Sigue presente su ánimo tragicómico de burlarse de sí mismo y su búsqueda de significado en la paternidad, en la masculinidad, en la mediana edad. Louie se asume derrotado, pero no deja de buscar: la serie es de un humanismo abrumador. Y tal vez sí está perdiendo, si debemos leer algo en las cada vez más frecuentes irrupciones surrealistas de una serie que no se cansa de experimentar y jugar con nuestras expectativas. Si hay un auteur haciendo televisión, se llama Louis C.K.
i) Margaret, de Kenneth Lonergan
Tras años hundida entre la corte y el cuarto de edición y después de un limitado estreno a finales de 2011, la fallida obra maestra de Kenneth Lonergan por fin estuvo disponible para el gran público en 2012. Al verla, no es difícil entender por qué le tomó tanto tiempo: Margaret toma una anécdota sencilla (una chica juega parte en una muerte accidental y decide perseguir justicia para la fallecida) y a partir de ahí -sin nunca ocultar su ambición o sentido de autoimportancia- efervesce en ideas y temas que la dotan de un registro amplísimo, abrumador: lo mismo un coming-of-age sin florituras que una postal del Nueva York post-9/11.
Como complemento, quince escenas y momentos fuera del tiempo de estas y otras obras notables (y no tan notables) del año:
i) Swanson (Tim Heidecker) y uno sus amigos, hasta la madre de pedos, frotan sus carnes groseramente al ritmo del “Baby“ de Donnie & Joe Emerson. El resto observa. Swanson se esconde el pito entre las piernas para simular una vagina. The Comedy.
ii) Mont Blanc golpea a Mont Rose en la cabeza con una maza de gimnasia antes de expulsarla de Alps. Alps (Lanthimos)
iii) La mezcla de sonido del corte extendido de Margaret revela otra cara de la cinta y trae al frente la naturaleza pública de la vida en Nueva York.
iv) “The scientists of the future will find it all. They’re gonna know once there was a Hushpuppy and she lived with her daddy in the Bathtub” dice Hushpuppy sobre la última toma de Beasts of the Southern Wild. (Zeitlin)
v) El perfil en tuiter de Hannah: todas las virtudes y problemas de la serie en una imagen. Girls “All Adventurous Women Do”
vi) Mariana relata la maravillosa leyenda urbana del Edificio Kavanagh de Buenos Aires. Medianeras (Taretto)
vii) John (Scott Adkins) irrumpe en el cuartel de la guerrilla UniSol de Luc Deveraux (Jean Claude Van Damme), en un pseudo plano secuencia que completa el círculo de los filmes que quieren ser videojuegos que quieren ser filmes. Universal Soldier: Day of Reckoning (Hyams)
viii) Interludio: Mr. Oscar participa en el acordeón en una rendición del ‘Let my Baby Ride’ de R.L. Burnside. Holy Motors
ix) Un miembro del culto le pide a Maggie (Brit Marling) cantar una canción de su tiempo -el año 2054. “In the future, there’s not much recorded albums. But every once in a while a song will come along that moves everyone. And that finds a way of getting around, even without MP3s”, contesta. Acto seguido, entona “Dreams“ de The Cranberries. Sound Of My Voice (Batmanglij)
x) El entusiasmo a partes iguales imposible y contagioso de Jeff mientras habla de Signs de Shyamalan el monólogo que abre la cinta. Jeff, Who Lives At Home (Duplass & Duplass)
xi) ‘Video Killed the Radio Star’ redimensionada y resignificada durante la secuencia del juego de feria. Take This Waltz (Sarah Polley)
xii) La atmósfera enrarecida y opresiva de los veinte minutos finales de Kill List (Wheatley)
xiii) Russell se debate entre terminar un mensaje de texto -que lee “I feel like shit”- con un signo de admiración, un ‘xo’ o una carita sonriente. Opta por puntos suspensivos. Weekend
xiv) Un jóven Louie hace su acto en televisión. El Louie presente lo observa, y se observa a sí mismo en la cámara de su laptop. Desilusión. Louie, “Ikea/Piano Lessons”
xv) Sam refuta la idea de Suzy sobre una existencia sin padres: “I love you, but you don’t know what you’re talking about”. Moonrise Kingdom