El ocaso de los ídolos

Quizá sin darse cuenta o tal vez con toda intención, Héctor de Mauleón, como Juan Manuel Márquez a Manny Pacquiao, fulminó al cartujo con un derechazo a la mandíbula.

Tendido en la lona, más allá de este mundo, el monje no veía estrellitas sino escuchaba la voz de su verdugo recordándole el implacable paso de los años.

¿Ya oyó la nueva canción de David Bowie? La pregunta provocó el apunte lapidario del autor de Marca de sangre sobre la provecta edad del Delgado Duque Blanco, una de las mentes más lúcidas de su generación —como dice Xavier Velasco—, un vampiro insaciable aunque siempre renuente a la sangre espesa de los cretinos.

“Todos los ídolos de mi infancia se han convertido en unos ancianos”, remató, como si hiciera falta echarle sal a la herida.

Se le mencionaron los nombres sagrados de los Rolling Stones, Paul McCartney, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Patti Smith, Eric Clapton y otros, ejemplos de permanencia y vitalidad en un medio proteico donde con frecuencia el público confunde la bisutería con el oro.

“Está bien —agregó Mauleón—. Ellos tienen mucha vitalidad, tocan muy bien, pero ya están muy grandes”.

Tiene razón. El trapense lo comprendió al verse en el espejo sin azogue. El tiempo de sus ídolos es su propio tiempo y la vejez los toca a todos por igual. Están en el ocaso, y lo saben. (Música de violines, por favor.)

Por eso no gastan la pólvora en fuegos de artificio y sus trabajos causan tanta expectación en el mundo como el nuevo álbum en estudio del camaleón británico: The next day, cuyo primer sencillo —“Whe are we now?”— contiene un mensaje estremecedor, de una belleza sombría, acaso para no ser demasiado descortés con los profetas de su decadencia.

El pasado martes, Bowie cumplió 66 años y su experiencia se nota en esta canción donde todo ha sido rigurosamente vigilado. Escucharla entristece y alegra, la energía desplegada en ella muestra al Bowie superprofesional, con una banda excelente y un extraordinario nivel de energía, como afirma Óscar Sarquiz, el mejor de nuestros críticos de rock.

Al escuchar en internet “Whe are we now?”, el fraile cierra los ojos y piensa en aquella noche del 23 de octubre de 1997 en el Foro Sol, cuando Bowie se presentó por primera y única vez en México.

Llegó tres días antes del concierto para recorrer la ciudad. El registro fotográfico de la visita lo hizo Fernando Aceves, quien recuerda: “Bowie es muy inquieto, siempre está ávido de saber, de aprender cosas nuevas. Le interesa el arte y quiso conocer Teotihuacan, Bellas Artes, Palacio Nacional; lo llevaron también a ver los murales de O’Gorman en el Sindicato de Electricistas y la Casa Azul de Frida Kalho”.

La curiosidad de Bowie, su afán de experimentación, su inconformidad, sus excesos, todo contribuye a hacerlo uno de los grandes artistas de nuestra época, sin importar su edad.

Queridos cinco lectores, con enorme gratitud al cielo por no pertenecer a la generación Timbiriche, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.