El atlas de las nubes: Guía para pensamientos correctos

Cuando dejo de escribir en este espacio no es por pereza. En un principio pensé que sí. Lo cierto es que no he sentido ninguna emoción por cualquiera de los temas políticos que han estado en circulación. Que es como siempre están, han estado y estarán, en siglos por venir.

Pero me tomo el tiempo para regresar a este viejo nuevo espacio porque creo –y siento- que es por la razón correcta: El atlas de las nubes (Cloud Atlas. 2004) de David Mitchell. Británico profesor de inglés que a los 30 años entregó su primera obra titulada Escritos fantasma (Ghostwritten, 1999) y que, como el Mayor Tom, “made the grade” y con el pie derecho.

Con El atlas de las nubes, su aportación imaginativa y riqueza en el lenguaje permite llevar al cine una obra del mismo nombre a la cual considero no la película del momento, sino la de justo en el momento; con líneas de pensamiento tan claras y tan amorosas que hasta este momento y justo en la década en la que vivimos es cuando pueden no sólo ser leídas, sino puestas al uso de la razón una y otra vez hasta dar con la combinación del candado. En el momento en que esa puerta se abre, lo sabes.

La imaginación de Mitchell adaptada al cine por los hermanos Andy y Lana Wachowski en complicidad con Tom Tykwer, permite un filme que no provoca hacerte algunas preguntas. Eso, con respeto, lo considero hasta mundano. El atlas de las nubes te lleva a la antesala de algunas respuestas. A la caricia de ese sentimiento que, por ser sentido sabes que existe y que siempre ha estado allí. No es que “te caiga el veinte” pero, desde mi punto de vista, devela para que distingas por lo menos la moneda “al aire” y eso, eso my friend, es una enorme ganancia.

Con esta sinfonía de pensamientos a través de diálogos que tomaron más de dos años adaptarlos al lenguaje del cine, queda fuera por completo toda discusión respecto a los efectos especiales. No es una película de pantalla verde. Sin embargo, un atractivo de la producción que merece ser mencionado, considerando de manera respetuosa su impecable edición –en audio e imágenes- el diseño de arte, el vestuario, la música -elemento que merece su propia crítica y estudio- es el maquillaje: en propuesta y en ejecución, es como debía ser. Y dieron dos pasos más.

Si la película El atlas de las nubes es para ser vista y digerida en más de una ocasión, qué se puede pensar de la novela. Lo cierto es que pocas veces tengo la deferencia de quedarme hasta el final de los créditos. Lo cierto es que deseo el mismo sentimiento para con la novela. Y algo me dice que será mucho mejor.

“Nuestras vidas no nos pertenecen, estamos unidos a otros”: Sonmi.

Nota en el refri: cambiar La trinchera por La esfera.