La re-aparición del Barrio

El Barrio Antiguo fue para muchos de mi generación el lugar de reunión por excelencia. Además de la proliferación de antros, en ese lugar repleto de lugares para divertirse y ligar, se gestaron verdaderos proyectos culturales, y muchos de nosotros trabamos amistades duraderas. Nunca fue un requisito ser joven para tomarse unas chelas en el Café iguanas o ir a escuchar música a la Casa Amarilla, tampoco era un requisito para los trasnochados que amanecían en el Esquizo. En este sentido el Barrio Antiguo fue un lugar de convivencia de más de tres generaciones. Su desaparición deja un hueco en la ciudad que ocupa la presente reflexión.

Hace algunos años los cárteles de las drogas asaltaron el Barrio Antiguo, un punto neurálgico de convivencia de toda una generación de jóvenes y no tan jóvenes. Cayeron el Café Iguanas, el Clandestino y el Antrópolis; La casa amarilla, el Zócalo, y todos los demás antros fresas, también fenecieron.

Desapareció cierta manera de hacer ciudad, una manera de convivencia, no los mecanismos capitalistas de intercambio, instalados en cualquier manifestación social. No se detuvo, ni se detendrá el consumo de alcohol o de drogas. La fiesta nocturna “tranquila” se trasladó a San Pedro y en el centro quedan algunos cafés, pocos espacios culturales y algunas cantinas periféricas en los que confluyen muchos nostálgicos jóvenes y no tan jóvenes a los que se les está negando la posibilidad de construir su propia forma de convivencia.

Ahora el centro de la ciudad es más seguro, pero además -recordemos que en origen somos una sociedad conservadora- la desaparición del Barrio Antiguo apaciguó a las Buenas Conciencias. Muchas familias regias y quizá el gobierno, nunca vieron con buenos ojos al Barrio Antiguo. La proliferación de alcohol y la gran confluencia de jóvenes lo convertían en una zona vulnerable, pero desde otra perspectiva esa vulnerabilidad lo hacía fuerte.

La fuerza del Barrio antiguo residía, así lo creo, en los numerosos vínculos humanos que se establecían entre personas de distintas edades e intereses. Como fenómeno cultural la convivencia en el Barrio Antiguo era envidiable: artistas, músicos, rangers, intelectuales, fresas, punks, darketos, regetoneros, etc; confluían ahí.

Hoy se ha recuperado en algo la tranquilidad de Monterrey. Las calles del centro lucen más tranquilas. Ya no se escuchan disparos a cada rato. La gente puede caminar por el centro con tranquilidad para gastar su dinero en los establecimientos y centros comerciales. El centro de la ciudad ha sido, hasta cierto punto, resguardado. El fenómeno violento se ha desplazado a los márgenes.

Ahora pensemos en los otros barrios, las colonias más alejadas viven una ola de violencia que crece día con día. Volteemos a ver a Cadereyta, Apodaca o Guadalupe, colonias conflictivas como la colonia Independencia. El fenómeno de la violencia se sigue reproduciendo y llamando nuestra atención. Hace dos semanas fue asesinado un niño de once años en la colonia independencia, ayer asesinaron a una pareja dentro de su casa en otra colonia de Apodaca, dejando a su hijo de 4 años herido, etc, etc.

Los asesinatos sin esclarecer siguen llenando de dolor a muchas familias, son duros y reales, pero también son una metáfora de nosotros mismos: La sociedad regiomontana ha sido desmembrada y debe ponerse a trabajar, ya, en restablecer el tejido social.

Esto no implica solamente la apertura de comercios y la posibilidad del consumo masivo en tranquilidad, sino el rescate de los espacios públicos para la convivencia y las iniciativas ciudadanas en este respecto.

Merecen todo nuestro reconocimiento, los programas para el rescate del Barrio Antiguo y las iniciativas de numerosas asociaciones civiles, como Acción Cívica o el colectivo Más allá de la marcha, quienes realizan acciones culturales y sociales tanto en el Barrio Antiguo como en otras comunidades y colonias de la ciudad. Un ejemplo de ello es el programa comunitario “Aprender con Danza”, en las escuelas y secundarias públicas de Monterrey, quienes a través de la educación artística buscan sensibilizar e integrar a estos jóvenes y niños a la sociedad.

Estos grupos se enfocan en trabajar de manera directa con el problema de fondo en Monterrey: la pérdida de un tejido social que nos cohesione. Pero todavía no es suficiente.

Estamos necesitados de signos positivos que nos cohesionen como sociedad. No mentiras, no herramientas de control, no intolerancia. Necesitamos crear un frente social en el cual haya actividades culturales y recreativas que partan de la misma sociedad. Hay estratos sociales en nuestro Monterrey que tienen las herramientas para llevar a cabo una reconstrucción en este sentido. Pienso en los artistas, investigadores, sociólogos y otras personas que pueden convocar a otros miembros de la sociedad como empresarios o el mismo gobierno para encauzar sus fuerzas en un trabajo que se ha dejado de lado: el trabajo social.

Faltan espacios para el esparcimiento, para la convivencia cultural o multicultural de la ciudad, para la expansión de las artes. Hace falta soltarse un poco las amarras de las instituciones, hace falta también perder el miedo.

Recuperar la ciudad es un trabajo de todos. Dejar de lado las ideas viejas, dialogar con los jóvenes es importante, pero no menos importante que dialogar con los adultos y con los viejos. No dejar que sólo los espacios institucionales sirvan como imanes donde todo el trabajo artístico y cultural se debe agrupar. Esa es una tarea pendiente, exige una toma de conciencia que pasa necesariamente por lo social pero nos define como individuos y nos reúne como especie.

Un individuo, a pesar de su complejidad, suele definirse hacia dos vertientes: lo que quiere y lo que necesita, quizá, en este 2013, también sea momento de dejar de atender únicamente lo que queremos, es decir dejar de atender solamente a nuestros deseos más inmediatos y avocarnos a pensar en lo que necesitamos como sociedad.