Diciembre 29, 2011

“Hoy fue un día lento, vacío y desprovisto de cosas interesantes. La gente está de vacaciones. El restaurante estuvo con un mínimo de clientes y los que fueron consumieron poco. Intenté arreglar y resolver un montón de cosas pero ninguna logró concretarse; es tan frustrante. Lo único notable fue un rato en la tarde, donde alcancé a cocinar parte de mi cena de año nuevo, pero fuera de eso hoy no salió bien nada. Llegué a casa decepcionado. Temprano fui al súper y compré dos botellas de vino: garnachas españolas. Me encantan su potencia y frutalidad, especialmente sus notas a frambuesa. Afuera del súper hay un local de comida china; se me antojó y compré un combo de arroz y dos guisos. No estaban tan mal. Ya en la casa dejé el empaque de poliestireno en la cocina y mi mujer y yo lo cenamos.

Los niños por fin se durmieron; como están de vacaciones les hemos relajado el horario y se quedan un poco más tarde a ver tele. Ya estamos en la recámara, acostados y empiyamados. Mi mujer cambia aleatoriamente los canales; se detiene en una comedia romántica y en veinte minutos cae dormida. Entonces apago el televisor y saco mis libros; este es el momento que he estado esperando, el único rato que tengo para leer sin ruidos ni interrupciones. Comienzo con uno de mis cuentos favoritos; el barril de amontillado, de Poe. Afuera comienza a soplar el viento. Me dejo envolver por la trama, siento la ambientación, las catacumbas, la humedad y las sombras proyectadas sobre el osario. Lo he leído tantas veces. El niño entra modorro y llorando a la recámara: ha tenido una pesadilla. Se mete en nuestra cama, se acomoda entre ambos y desaparece entre sábanas y cobijas. Termino aquella lectura y le doy un sorbo prolongado a un té chino que ya está casi frío. Abro un libro de cuentos de Banana Yoshimoto. Me encanta el estilo claro y honesto de su expresión; despierta emociones con facilidad y estimula la reflexión. El viento sopla furioso; tumba basureros, arrastra cosas a través de la calle y las banquetas, zarandea árboles. La literatura es para disfrutarla. Razonarla viene después, si se quiere; primero hay que gozarla en serio y a consciencia, como la comida, el sexo, el cine y la música. Son más de las tres; no puedo dormir. Leí a Poe y a Yoshimoto. Después del té bebí un gran vaso de whisky de Islay; estoy mentalmente excitado pero mi cuerpo no quiere seguir. Una exhalación de viento brioso y fresco irrumpe por la ventana; sacude cortinas y renueva la atmósfera de la recámara.

Casi se termina el año; pronto lo estaré festejando, pero no tiene particular importancia: esta noche es más valiosa.

Me fascina la atmósfera cuando está así, rompe con la monotonía, con lo habitual; revuelve los pensamientos, crea sensaciones y alborota recuerdos. Era quinto de primaria. Mi salón estaba justo a un lado de las canchas de fútbol. Como salí muy pendejo para las matemáticas (además de que las detesto) me quedaba tres veces por semana después de clase a tomar un curso auxiliar. Era una tortura, me sentía atrapado. Cierto día comenzó a soplar el viento característico del noroeste, el “saltillazo”. Fue aumentando la intensidad hasta convertirse en una ventisca de consideración. Comenzó a levantarse el polvo de las canchas, además del que ya venía suspendido en el aire y que venía desde quien sabe de qué parte del altiplano. Se mezcla con hojas, ramas, bolsas de plástico; la polvareda no deja ver más allá de unos cuantos metros y pronto cubre las aulas. El profesor notó que, más que distraído, contemplaba, mesmerizado, el fenómeno. -¿Te gusta el día así? -preguntó, esbozando una mueca de desagrado. -Si, respondí en tono parco, y nunca quité la vista de aquel torrente de polvo rojizo.

El viento es intenso; se escucha como un flujo, una oleada, río crecido que viene arrastrando palos y piedras: es impetuoso, fuerza eólica majestuosa. El viento, la atmósfera, están por encima de nosotros, de nuestras tontas e insignificantes cuitas, de nuestras irrisorias alegrías, frustraciones y rabietas. Es una gran voz histérica, susurrante, educada, violenta, monótona y sorpresiva: siempre se escucha más que nuestras tontas vocecitas, gritos y lamentos. Se riega el contenido de un basurero en la calle. La atmósfera se relaja pero pronto vuelve otra oleada intensa y hace volar la basura y las hojas. Este viento es como un espíritu iracundo que intenta apagar nuestra obcecada e insignificante respiración.

Amaina. Cede, se apacigua. La calle está llena de basura, puedo escuchar a los gatos paseándose por entre los despojos, viendo lo que pueden rescatar.

Las hojas de los árboles han dejado de moverse; todo entra en un extraño y perturbador silencio. Apago la luz y quedo inmóvil, contemplando la oscuridad con los ojos abiertos.

Ahora solo escucho la respiración calma y constante de mi hijo y mi esposa”.