Qué...¿Horror?

Un cuerpo decapitado, tenazmente dando a luz a un niño bastardo, no me dejó dormir el primero de enero. La cabeza perteneciente al mismo rodaba por la banqueta a 20 metros de distancia, a punto de toparse con la llanta trasera de un taxi completamente destrozado.

Si yo no fuera yo, y por ende estuviese leyendo este artículo en vez de escribiéndolo, daría por hecho que lo que le robó el sueño al escritor durante toda la noche fue un sueño tremendamente impactante e indeseado; una colección de imágenes grotescas que aparecían por detrás de sus párpados cada vez que intentaba conciliar el sueño. Sin embargo, debido al hecho de que yo efectivamente me encuentro escribiendo este artículo, sé que la aparición de las imágenes mencionadas fue algo enteramente consciente y autoprovocado.

Y es que todo esto no fue un sueño: las imágenes causantes de mi insomnio fueron detonados por una excelentísima novela de Stephen King llamada The breathing method, acerca de una madre soltera en los 50 que –pese a una colección de adversidades que abrumarían a cualquier mujer más frágil– consigue dar a luz a un niño aun después de haber perdido la vida de manera trágica y grotesca. Ciertamente existen elementos macabros en el texto, pero el verdadero sabor de boca que deja la novela no es el de un ejercicio literario violento e innecesario, sino más bien el de una historia bien lograda que aborda el tema de la tenacidad humana, maternal, que por sí misma tiende a mover montañas.

El propósito de mi escrito de hoy no es convencerlos de que lean esta historia que tanto me gustó (aunque se las recomiendo bastante), más bien busco airar un tema que abrió pista en mi mente después de aquella lectura.

Sucede que inmediatamente después de terminar la historia, proseguí a leer un pequeño prólogo que venía incluido en el libro, en el cual King hablaba de su vida como novelista, y cómo ésta había cambiado a través de los años. Conociendo bien al Maestro del Horror (como le dicen afectuosamente sus fans) esperé toparme con un prólogo oscuro, pesimista, sarcástico e inclusive perverso. Di por hecho que King debía ser una persona considerablemente retorcida para lograr escribir historias de torturas psicosexuales, hoteles embrujados y payasos asesinos; pero me topé con todo lo contrario.

El novelista escribía de manera ligera, bromista, positiva y refrescantemente idealista. Cito un párrafo que en especial me atrapó: “Aún creo en la resiliencia del corazón humano y en la validez esencial del amor, aún pienso que las conexiones entre humanos pueden darse y que los espíritus que nos habitan se tocan de vez en cuando. Aún creo que el costo de estas conexiones es extremadamente alto, pero estoy convencido de que la recompensa obtenida a partir de ellas por mucho supera el precio que debe pagarse”.

Y aquí es donde aflora mi duda: ¿Cómo compagina alguien la capacidad, inclusive el gusto, por entender y ver con claridad los lados más oscuros de la humanidad, con una actitud sustentablemente positiva y enriquecedora? No lo sé aún, pero me consuela saber que inclusive un escritor tan denso lo puede hacer.

Lo que me quitó el sueño aquel día no fue un sentimiento de horror, o una intranquilidad emocional. Al contrario, no pude ni quise conciliar el sueño por la emoción de entender a la perfección algo que hasta ahora me había eludido: nuestras vidas como humanos no son luz pura, y albergan en ocasiones mucha oscuridad, pero es el hecho de que aun entre las sombras seamos capaces de ser virtuosos, amorosos, serviciales y constructivos lo que nos vuelve una raza extraordinaria.

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