El Tec de Monterrey, un orgullo nacional

Todas las noches, cuando manejo del trabajo a casa, me toca pasar por un costado del Tec de Monterrey. Miro de reojo los edificios, el campus, e invariablemente me invade un peculiar orgullo. Me enorgullece que una institución así de sólida sea hecha en Monterrey, por regiomontanos.

Digo que es un orgullo peculiar porque el Tec no es mi alma mater. Yo hice mis estudios, los pocos que tengo, en la UANL, pero eso no me ha estorbado para que poco a poco haya ido haciendo amigos en el Tec, no me ha impedido irlo conociendo poco a poco; no ha sido obstáculo para que con ese conocimiento haya ido creciendo en mi cabeza ese orgullo de que hablo.

Me da un poco de pena admitir que antes de conocer al Tec y a su historia, hubo un tiempo en que pensé mal de la institución, viéndola sólo como una costosa formadora de técnicos. Eran mis días de envidia, de jactancia juvenil, días de juicios lapidarios y actitudes binarias.

Afortunadamente mi trabajo me ha llevado a convivir con muchísimos trabajadores, académicos y egresados del Tec (uno de mis hermanos es ex-a-Tec), y entre las correcciones que he debido hacer a mis juicios de mozalbete está lo que podríamos llamar el modelo mental que subyace al esfuerzo formador del Tecnológico.

Hay instituciones hechas para ideologizar a los chavos. Salen buenos para alegar y para defender posturas, y quizás para teorizar algunas cosas. Otras instituciones están hechas para formar gente cuadrada; sus egresados pueden ser buenos en su dominio, pero en su chip mental el universo sigue siendo limitado.

Creo que en el Tec hay de todo, claro, y me consta que para muchos alumnos no es más que una transición molesta hacia la maduración física. Pero también me consta que desde el interior, desde las estructuras de manejo del Tecnológico como universidad, hay una dedicación formidable a conseguir un marco formativo integral: moderno, emprendedor, de empuje, pero también con sensibilidad social.

Este año el Tec de Monterrey cumple su 70 aniversario. Parece remoto aquel 6 de septiembre de 1943 en que la institución nació pequeña, pero bien organizada, cimentada sobre principios empresariales, sin afán de lucro. Así sigue: quizás cobra caro, pero no lo hace para enriquecer a sus fundadores, sino para enriquecer a la propia institución y a quienes dentro de ella buscan un desarrollo personal de primer mundo.

Abundan en el Tec las historias de éxito. Yo he conocido muchas de ellas en diferentes ámbitos, pero sólo quiero citar una por su cercanía. Recuerdo a un chico delgado y rebelde, perdido en conflictos de desarrollo, que se llama Alejandro. Es la pareja de mi sobrina Adriana. Cuando Alejandro salió de sus conflictos, estudió en el Tec y le echó todos los kilos. De familia modesta, trabajó como burro para salir bien. Hoy trabaja para la Chrysler en un paraje boscoso de Illinois.

Algo encontró Alejandro en el Tec que lo llevó adonde está y de donde crecerá adonde quiera. Felicidades al Tec y a toda su gente por 70 años de un esfuerzo que puede enorgullecer a todo un país.

horacio.salazar@milenio.com