Lágrimas de Cocodrilo por el comandante

Por
Víctor Hugo Michel
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Las noticias que se filtran desde Cuba hacen pensar que la situación del comandante Hugo Chávez, el adalid del nuevo socialismo bolivariano y la espina en el dorso de más de un presidente mexicano, es precaria. Su salud parece haber entrado en un marcado proceso de deterioro a raíz de la más reciente operación a la que fue sometido para controlar un indefinido cáncer que le aqueja desde 2011.
Por ley, Chávez debe tomar el poder antes del 10 de enero o se tendrán que convocar nuevas elecciones en Venezuela, lo que mete presión al régimen venezolano de esclarecer el verdadero estado de salud de su líder, oculto entre algodones en algún hospital de La Habana. Los próximos días serán cruciales y definirán, con claridad, si está en capacidad de reasumir la presidencia de la República o deberá ceder su lugar a un sustituto.

Pero no sólo el mandato para el sexenio 2013-2019 está en juego. La posible desaparición de Chávez abre un compás de tensa especulación sobre la viabilidad de su proyecto revolucionario, el cual ha encabezado desde 1999 y que le ha llevado a chocar ríspidamente con distintos gobiernos de la región, entre ellos el mexicano.
El detalle está en el estilo: el presidente venezolano ha creado un concepto personalísimo del gobierno en el que las decisiones se concentran en torno suyo de una u otra forma, algo que sus críticos dirían es cercano a un culto a la personalidad. Si el eje rector del chavismo –Chávez mismo—desaparece, las perspectivas de que la revolución bolivariana continúe adelante disminuyen drásticamente. No es un secreto que Nicolás Maduro, el delfín elegido personalmente por el mandatario, no cuenta con su carisma y arrastre de masas.
Eso allá. En México, indudablemente ni en el gobierno de Enrique Peña Nieto ni en algunas esferas de la política mexicana habrá muchas lágrimas vertidas por la partida del venezolano, aborrecido abiertamente en el PAN, visto con reservas en el PRI y temido en la Secretaría de Relaciones Exteriores por su carácter impredecible.
Chávez --podría decirse que su espectro--, ha sido un tema recurrente en la política de México a lo largo de los últimos años, en los que las tradicionalmente estrechas relaciones con Venezuela se han reducido a su mínima expresión posible. Hoy, aunque se ignoran amablemente, los dos países representan polos opuestos e irreconciliables en la forma de ver la política internacional.
La relación bilateral México-Venezuela ha sufrido una profunda reconfiguración desde la llegada al poder de Chávez y, aún en mayor medida, durante el docenio panista en el poder. Con la única excepción del apoyo que Vicente Fox dio al venezolano durante la intentona de golpe de Estado patrocinado por Estados Unidos en 2002, el resto ha sido un intercambio rocoso, a veces abiertamente hostil.
En 12 años, ambos países pasaron de ser aliados diplomáticos en la pacificación de Centroamérica y socios comerciales preferenciales a inéditos rivales: el Grupo de los Tres y el Tratado de Libre Comercio México-Colombia-Venezuela desaparecieron a instancias de Caracas, que también ha ordenado la expropiación de bienes a empresas mexicanas establecidas en territorio venezolano. El Pacto de San José, con el que ambos países ofrecían petróleo barato a países centroamericanos y caribeños, está defenestrado.
En la contra, el gobierno mexicano ha jugado su parte. Los choques de Fox con Chávez llegaron hasta las amenazas –“no se meta conmigo caballero, porque sale espinao”, dijo el comandante en algún momento—y es inolvidable el uso de la imagen del venezolano por parte del PAN en la campaña presidencial de 2006, cuando atizó a la opinión pública equiparándole con Andrés Manuel López Obrador.
A principios del sexenio de Felipe Calderón continuó la tónica. Se hizo hasta lo imposible para evitar una posible infiltración chavista en México en base a sus misiones de apoyo médico y en 2007 la SRE cerró el paso a la Operación Milagro, con la que médicos cubanos financiados por capital venezolano acudían a colonias populares de la Ciudad de México en busca de pacientes a los cuales proporcionar tratamientos contra problemas oculares.
Tuve la ocasión de asistir a un encuentro así en 2007, en la delegación Cuajimalpa, que prestó su auditorio a los médicos y administradores cubanos y venezolanos. “¡Gracias comandante Chávez!”, se leía en una pancarta. Un mensaje que caló hondo en las instancias de seguridad nacional del calderonismo.
Pero Calderón y Chávez supieron disfrazar su enemistad con un velo. Durante la Cumbre de Río, llevada a cabo en Cancún en 2010, ambos mandatarios se fundieron en un intenso abrazo de oso. Durante una de las kilométricas conferencias de prensa del presidente venezolano, pude preguntarle si ya había perdonado el uso de su imagen por el PAN contra López Obrador.
“Esas son cosas de campaña”, me dijo Chávez, quien dio a entender que en ese entonces ya se le había dado vuelta a la página en Caracas y que los malos recuerdos del 2006 estaban en el pasado. Aun así y sin importar la visita que hizo Calderón a Venezuela en 2011, las relaciones entre los dos países nunca recuperaron el tono de antaño.
Ahora Chávez, esa figura icónica que en Tlatelolco y Los Pinos generaba dolores de cabeza, se debate entre la vida y la muerte. Maduro dice que su situación es “compleja”, lo que en buro-speech puede significar muchas cosas, ninguna de ellas buena.
De algo se puede estar seguro: dejando los juicios de valor sobre su régimen y su trabajo aparte, el mundo sería un lugar menos interesante sin el comandante.