El ocaso del servicio

Recuerdo el día en que inauguraron el Sam’s de Garza Sada. Entraba uno y parecía el paraíso del consumo, no sólo porque había toda suerte de objetos atractivos y a buen precio, sino sobre todo porque los empleados, desde la entrada y hasta la salida, se desvivían por ofrecer sonrisas y una calidad de atención que yo no recordaba haber visto antes en México.

Eso fue hace años. Hoy día le bajaron a todo: desde la calidad de la mercancía hasta la atención al público. Entre los varios colmos que he vivido últimamente está el patrón repetido del estacionamiento: las plumas no funcionan, y ponen a darles servicio a gente que no está en lo suyo. Una de esas tardes me tocó estar en una fila de más de 15 automóviles que no podíamos salir de la tienda y tuvimos que esperar a que una joven gorda llegara corriendo desde donde andaba comadreando.

En Navidad el asunto se agrava, pues en todas partes contratan personal eventual para atender el tráfico de consumidores. Y otra vez la víctima es el servicio: en una tienda de conveniencia, me encontré con que en la caja había un amigo que a duras penas masticaba el español; yo iba a recargar saldo en una tarjeta de mi hijo y el cajero al fin entendió lo que quería: “¿Hay que poner la luz en los números?”, me preguntó, queriendo decir que si tenía que pasar el scanner por el código de barras de la tarjeta. Le dije que sí, y después de una búsqueda laboriosa, lenta e infructuosa, me dijo: “No hay”, me regresó la tarjeta y antes de que abriera yo la boca, ya estaba atendiendo al siguiente en la fila.

Otro día, buscando un protector para mi celular, llegué a una isla de un centro comercial donde vendían cosas así, y en el interior de la misma había tres personas: una atendía a varios clientes, otra estaba hojeando un catálogo y otra papando moscas. Me acerqué a esta última y le pregunté si tenían protectores: “Del otro lado lo atienden”, fue su respuesta. Le valió gorro que el otro lado estaba a 40 centímetros; le valió gorro que el otro dependiente estuviera ocupado: lo único que le importaba era seguir… papando moscas.

¿Dónde quedó el servicio? Creo que ha sido otra baja del estilo regio de vida. Como todos estamos en búsqueda del éxito monetario, todo lo demás sale sobrando. Ouch.