Recién comienza el invierno. Bueno, en Monterrey es más como un otoño, pero se disfruta como quiera. El cielo medio nublado crea una capa delgada y luminosa y va dejando entrever al sol que discurre por encima de la Sierra Madre. Son estos días en que el sol no quema ni deslumbra; sólo parece seguir su curso de manera discreta, como cumpliendo con el trayecto asignado. Hace presencia, alumbra y se va sin molestar y sin llamar mucho la atención.
Domingo. El perro está ladrando, sabe que lo voy a sacar a pasear. Ajusto la correa y el Boston Terrier brinca de gusto. Preparo mi mochila con mi diario, mi libro, un termo de café y un bote de agua. Hoy tenemos una temperatura máxima de doce grados, clima seco, cielo medio nublado y viento moderado. Me pongo sombrero y bufanda y me echo encima un jorongo de lana. Cosme va inquieto en el carro; se asoma por la ventana, se lame las patas y chilla nervioso y excitado.
El parque está al sur de la ciudad; al este se se aprecia el majestuoso Cerro de la Silla y al sur se levanta la muralla de la Sierra Madre Oriental, en una montaña que aquí llamamos “Chipinque”. Un camino pavimentado sesguea por la periferia del parque, delimitando un area de pasto con encinos, olmos, mezquites, palmeras, robles y nísperos. Hay bancas, juegos para niños, bebederos y dos puentes que atraviesan un arroyo seco. Hoy no se ven tantos pájaros como en primavera, pero aún así hay tordos, urracas que picotean el pasto, los curiosos pericos verdes que siempre andan en parejas y traen su argüende y griterío y unos pajaritos cenizos cuyo nombre ignoro y que siempre están en todas partes. Pero si hay algo que caracteriza a este parque y su fauna son los perros. Mi hija dice que es el “parque de los perros”. La gente viene aquí justamente para eso: a pasear a la mascota. ¿De qué raza lo quiere? Creo haberlas visto todas aquí. Hay días que parece entre competencia y pasarela canina.
Las tardes de invierno no son las más propicias para sacar a pasear al perro pero el día de hoy, inusualmente, hay variedad. El parque se encuentra en una gran hondonada formada por un arroyo que la atraviesa. Se accede por unas escaleras amplias que dan a un camino pavimentado. Hay varios letreros que informan sobre las reglas a seguir; la mayoría tienen que ver, naturalmente, con los perros. Hay un discurso constante de personas con sus mascotas; algunas sólo vienen aquí a joggear mientras otras, de mayor edad, caminan despacio y después se sientan en alguna banca a beber agua y descansar. Cosme estira la correa, emocionado, y huele cada árbol, las patas de las bancas, la base de una luminaria, mechones de zacate, rocas, todo. Orina aquí y allá, le huele el trasero a otros perros, gruñe, mueve la cola y les ladra a los niños que andan en patineta. El parque no es muy grande y en un rato le doy la vuelta. Cuando llegué vi una banca que me gustó. Está debajo de un olmo y tiene la sierra enfrente; es el lugar idóneo para sentarme a beber mi café y escribir algo.
Esta es la mejor época del año; el aire frío sopla y al respirarlo capto una serie de notas a yerba y hojas secas, a corteza de árbol, tonos minerales que se levantan del arroyo y a madera vieja: es vigorizante. El sol rasga la cumbre de la sierra; baja la temperatura y las sombras, largas, se extienden por el pasto cubierto de hojas secas. Justo cuando doy el primer sorbo al café se acerca una voluptuosa dama con un perro gigante; se lo pone enfrente a Cosme, sonríe, quiere entablar conversación. “ven aquí, Bruno”, le reprime y jala la correa. Luego dice algo sin sentido, se pasa los dedos por el cabello, sonríe nuevamente y espera que entre en el juego. Pero yo me limito a sonreír y no digo nada. Después de unos tensos momentos, el mensaje le llega claro y se retira. No es por el hecho de estar casado, pero no me apetecen las aventuritas sexuales, y menos en un parque de perros. Además, la idea es disfrutar del parque, mi café, mi libro y la atmósfera, nadie más. Sigo con mi lectura y mi café. El problema es que la banca está justo frente al camino y uno se distrae fácilmente; no puedo dejar de mirar a la gente. Noto que la mayoría de estas damas salen a pasear como si fuera una pasarela: todo en ellas trae marca de diseñador, lucen peinados atrevidos y visten a sus perros con suéteres extravagantes, pero nada de eso encaja dentro del contexto de pasear al estúpido perro en un parque. Va pasando la gente con sus perros, ven al mío y sonríen, como estableciendo una conexión espontánea y específica por el hecho de estar ahí en ese parque y con perros. La verdad es que no me importa; no voy ahí para ver gente y estaría más a gusto si no hubiera nadie. Veo cómo se acercan entre ellos, intercambian impresiones sobre sus perros, bromean.
Pasa un chino canoso fumando; va arrastrando a un Pug. El animalito no parece tener muchos ánimos de andar por el parque pero el chino manda. Imagino de pronto que va llevarlo a casa y después de practicar Tai Chi lo va a cocinar. El chino y su perro se alejan en una nube de humo y sólo queda el olor a tabaco.
Sigo disfrutando del viento, los colores cenizos, los aromas y el paso de las nubes. A pesar de tener dos avenidas grandes a los lados, el parque goza de un silencio relativo, quizá por el hecho de que está en una depresión. Baja la temperatura, el sol se ha perdido detrás de la sierra y ahora sólo están iluminadas las cumbres de las otras montañas que rodean el valle donde está mi ciudad. Se me entumen las manos. Ya no hay pájaros en los árboles ni brincando sobre el pasto y queda poca gente. A lo lejos escucho perros ladrar. Estos parques que hemos creado en medio de la ciudad son como extractos apócrifos de la naturaleza. Aquí hay reglas creadas por nosotros, lo salvaje existe pero está domado. Estos perros, con su siniestro parecido a nosotros y sus impulsos naturales celosamente guardados en su biología representan esta fusión extraña entre lo natural y la utopía creada por nosotros.
Ahora sí ya me está dando frío; tengo las manos entumidas, tiemblo. El viento arrecia, levanta las hojas y sarandea los árboles. Hace rato que se terminó el café y Cosme está echado bajo la banca.
Es hora de regresar.