Artemio Benavides

Uno sabe que se está haciendo viejo cuando las personas a las que conoce empiezan a desaparecer. Hace una semana, Nuevo León perdió a uno de sus personajes pensantes, el historiador Artemio Benavides Hinojosa.

Artemio, nacido en 1933, estudio en las universidades de Nuevo León, de Texas y de París, y ocupó cargos diversos en instituciones como el Tecnológico (donde dirigió la Biblioteca Central), la UANL, la UDEM... Y dirigió una década el Archivo General del Estado.

Conocí a Artemio en la época en que iniciaba mi vida de periodista, hará una treintena de años. Yo apenas empezaba a escribir textos de divulgación cuando él ya era una figura reconocida. Por aquellos tiempos, Artemio me regaló un libro fundamental: The Mismeasure of Man. Escrito por Stephen Jay Gould en 1981, el volumen había ganado un premio de la crítica, aunque por esas fechas todavía el paleontólogo de Harvard no era la figura prominente que llegó a ser como ensayista científico.

Artemio me regaló el libro y me dijo que lo encontraría sensacional. Así fue. El texto es una revisión crítica del concepto de medición de la inteligencia y fue mi primer acercamiento a un concepto clave de mis ideas sobre la ciencia y sus conexiones umbilicales con la sociedad.

Al principio me pregunté cómo era posible que Artemio, a quien conocía por su columna periodística “La minoría de uno”, supiera cosas de ciencia, un tema que no tenía muy buen cartel entre los intelectuales. Luego conocí la diversidad de los intereses intelectuales de Artemio, porque por años platicamos con cierta frecuencia de docenas de asuntos.

En particular, compartimos algo: pagamos a medias una suscripción a The New York Review of Books: llegaba a su buzón (brick & mortar: internet apenas empezaba a despuntar), él la devoraba de cabo a rabo y luego me la pasaba para que yo leyera lo que me interesaba.

Dejé de frecuentarlo cuando me mudé a otro periódico, aunque manteníamos contacto telefónico ocasional, pero pasaron años hasta que en alguna pesquisa bibliográfica me lo encontré en su calidad de responsable del Archivo General del Estado. Entonces me regaló dos productos de su gestión: un intercambio epistolar entre Juárez y Vidaurri y un estudio sobre la situación de los indios en la “tierra de guerra viva” que fue Nuevo León por muchos años.

Me gustaba platicar con Artemio y su tonadita medio española, porque era bastante irreverente y descreído, pero siempre claro y crítico. No llegué a ser tan amigo suyo como para que me platicara mucho de su vida, pero con los años me percaté de que en cierta forma se sentía mal reconocido.

Creo que tenía razón y que merecía mejor suerte. Creo que será extrañado por quienes gustan de la historia y sobre todo por quienes sienten interés por sus personajes predilectos, entre ellos Bernardo Reyes, Fray Servando y sobre todo Santiago Vidaurri. Yo extrañaré sobre todo el modo en que me interpelaba: “¡No, maestro: no has entendido bien cómo es esta cosa!”. Bueno, hay que seguir intentándolo.

horacio.salazar@milenio.com