Mucho corazón

En un día nublado, las remembranzas se amontonan en la cabeza del cartujo. Recuerda, por ejemplo, esa mañana de los años ochenta cuando, en la Sociedad de Autores y Compositores de México, su amigo Leopoldo Meraz (el implacable Reportero Cor) le presentó a doña Ema Elena Valdelamar, la legendaria autora de “Mil besos”, “Mucho corazón” y tantas canciones esenciales en la educación sentimental de un pueblo proclive al llanto y la nostalgia.

Nunca había escuchado su nombre, aunque conocía varios de sus temas. Sobre todo uno revisitado en frecuentes incursiones a la entonces ineludible Casa de Paquita la del Barrio, en la colonia Guerrero, quien cantaba con voz desgarrada: “Pero qué mal te juzgué/ si te gusta la basura/ ¡Pero mira qué locura!/ Pero para ti está bien.// ¡Pero qué mal calculé! Yo te creía tan decente/ y te gusta lo corriente/ por barato, yo qué sé”.

Envuelta en lentejuelas, Paquita paseaba retadora por el mínimo escenario mientras las mujeres la coreaban apuntando las miradas a los hombres, quienes aguardaban estoicos —y divertidos— la puñalada letal: “¡Me estás oyendo, inútil!”

Era “Cheque en blanco”, famosa en otro tiempo con la incomparable Chelo Silva, también dada —como Paquita— a tragedias amorosas, a canciones desesperadas como “Hipócrita”, “Hay que saber perder” e “Imploración”.

Esa mañana, en los jardines de la SACM, Ema Elena le habló de su vida, del éxito de sus canciones en la voz de otros intérpretes, de la manera como se había sepultado su nombre, de cómo había sido tenazmente perseguida por el olvido.

Lo invitó a verla en un pequeño lugar del sur de la ciudad, donde unos pocos fieles aplaudían entusiasmados cada una de sus canciones, surgidas del alma, arrancadas a bofetadas a la tristeza, a la desesperación, al desencanto.

Como tantas veces sucede, acordaron un nuevo encuentro, siempre pospuesto, jamás realizado. Queda en la memoria esa matinal conversación cuando, entre otras cosas, le confió su resentimiento con Mariano Rivera Conde, director artístico de la RCA Victor e impulsor de numerosas figuras de los años cuarenta y cincuenta: Agustín Lara, Pedro Vargas, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, Los Bribones, María Victoria y tantas otras del cancionero popular mexicano.

Él bloqueó su carrera. No quería a ninguna compositora con el talento suficiente para competir con su esposa, Consuelito Velázquez. Una tontería, sin duda, pero el amor y el miedo llevan las estupideces más grandes.

Cuando el pasado 9 de octubre la Fonoteca Nacional le rindió un homenaje por su trayectoria, el monje sonrió por primera vez en mucho tiempo. Se le hacía justicia a una autora e intérprete con una sensibilidad y una fuerza inusitadas, cuya muerte, el pasado día 23, lo ha dejado en estado catatónico.

Queridos cinco lectores, con la triste noticia de último momento del fallecimiento de Daniel Cazés, uno de los fundadores del suplemento cultural Laberinto, pero con renovada esperanza para el 2013, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.