Invierno me gustó para volver a desandar lo andado y pedirle cuentas, sin reproches, al calendario. Etapa de cierres de ejercicio, balances presupuestales, nostalgias propias o ajenas; todo en este mundo viene regido por el reloj de los ciclos, sean cortos o casi eternos. Temporada de caza de buenas intenciones, los patios se llenan de hojas secas, como tal vez mudamos de piel los humanos; las noches buenas renuevan sus colores y toda la utilería navideña se le quita el polvo, se desenredan las guías de luces y se tiran los foquitos que no prenden.
Monterrey bajo el frío, despunta bajo una bóveda de gases y partículas suspendidas de miasmas humanas, de perros y gatos o de cualquier armatoste que disponga del ano-escape. El viento gélido revolotea por la calle Morelos y cala hondo en las pantorrillas, inunda las fosas nasales de mocos multicolores y enrojece las mejillas de los vendedores de elotes. Pero a pesar de lo que dicen de las migraciones de los pájaros, todas las plazas del centro o cualquier zona densamente arbolada, ofrecen el jolgorio del griterío de pericos, cuervos, y pájaros chileros.
El pueblo se embriaga en las compras o en la contemplación anhelada de las vitrinas, las copas se rompen en medio de la alegría o la tragedia, las posadas contienen algo de lo que el Imperio Romano le heredó al mundo, son bacanales envueltas en el ceremonial religioso. En cambio, los puercos, las reses y los pavos viven momentos terroríficos, alguien tiene que salir devorado; mientras los vegetarianos llevan su postura bioética al límite de lo insaboro.
El fin de año huele a compras de pánico, avenida Juárez un 22 de diciembre es un río impetuoso de personas empuñando bolsas como armas blandas; también es tiempo de los anuncios de incrementos de impuestos, de inflaciones en los precios para poder ofrecer atractivos descuentos —incluido El Buen Fin, por supuesto—, de aumentos a los salarios que no alcanzan ni para un kilo de pescuezo de pollo o, la muy acostumbrada subida al costo del pasaje del transporte urbano de Monterrey.
Sin embargo, la vida sigue manifestándose en cada esquina, a pesar del frío: los novios se abrazan tomándose del bolsillo trasero, los puestos de hotdogs se desbordan de peatones necesitados de calorías, los labios partidos, las mandarinas y las coronas navideñas colgando en todos los hogares. Todo ello y mucho más, confirma la disposición necia y categórica de la colectividad de gozar la existencia con ésa ligereza despreocupada y anónima.
Cuando el sol se ausenta de Monterrey por días-noches-semanas, la neblina ronda siempre por las cimas de los cerros, paisaje londinense, de humedades y fríos extremos, como un atisbo de oscuros secretos. Quizá, es la prueba irrefutable de que Monterrey es un misterio para sus artífices y herederos, urbe esculpida entre las montañas, deberá tener el suficiente ardor y empuje, como para algún día, reinventarse como una megalópolis más amable, y menos fundamentada en la violencia del dinero.