Carta al fin del mundo

Cuando iba devorando las uvas, apenas comenzado el 2012, alguien gritó la profecía tan anunciada en programas amarillistas, de ovnis, revistas de espectáculos y periódicos de todo tipo de públicos: El mundo se acabará, es la profecía maya, en el 2012, por ahí de diciembre, dios nos libre, un asteroide como el que mató a los dinosaurios, una era glacial, un calor infernal, ¿lo predijo Nostradamus?, a gozar que la vida se va acabar, recemos para que no pase nada, la vida no vale nada, carpe diem, vive la vida al límite como si fuera el último día.

Eran toda una serie de lugares comunes que se pudieron escuchar los primeros días del año doce. Hasta hubo quien abonó al espíritu cabalístico cuando el día doce, del mes doce, del dos mil doce, a las 12 del día, previniendo sobre cataclismos y desgracias; sin embargo lo único sensacional fueron las mañanitas a la Virgen de Guadalupe, que como cada año se apodera de la mente de todos los mexicanos. Pero la madre de todas las profecías viene del calendario maya, o más bien de sus malinterpretaciones, a tal grado que se ha relacionado el fin del año 13 B’aktun con una película protagonizada por John Cusack (2012), en donde la tierra sufría toda una serie de terremotos de gran intensidad lo cual causaba el desplazamiento de los polos y la desaparición de todos los continentes con excepción de África. La alianza entre el cine y los desastres naturales siempre rinde en taquilla y sobre todo incuba fanáticos.

Es por ello que las señoras asiduas a las historias sensacionalistas corren de prisa al supermercado más cercano para comprar provisiones, vaciar las estanterías de comida enlatada y, obviamente comprar insecticida, porque en el fin del mundo necesariamente habrá muchos cucarachos y bichos antropomórficos. De tal manera, en todos los rincones de Monterrey —y espero, alrededor del mundo— la gente espera con los ojos entrecerrados el momento del impacto profundo o, por lo menos una señal de platillos voladores, quienes siempre están atentos a los acontecimientos terrícolas.

Por lo pronto, me quedan pocas horas en este suelo terrestre donde gustosamente nos da por imaginar nuestra muerte trágica, pero como dice la portada de un libro, en estos tiempos de abuso del melodrama, de traición a los momentos de suspenso y, de manipulación de la buena voluntad; la muerte de la tragedia es toda una comedia.