En casa
Víctor Hugo Michel
Nadie quiere tener al enemigo trabajando en casa. Bajo la lógica de que los traidores estaban al interior y que una quinta columna delincuencial minaba a las instituciones, una de las acciones promovidas como parte de la solución a los problemas de inseguridad por el presidente Felipe Calderón durante su sexenio fue la de acelerar la depuración de las diversas policías del país.
El análisis que se presentó a la sociedad en la administración anterior suponía que muchas de las corporaciones estatales, municipales y federales estaban infestadas, agusanadas, penetradas al fondo por el crimen organizado. Sus filas, se nos dijo, estaban repletas de delincuentes de poca y mucha monta que un día extorsionaban, el otro secuestraban y al siguiente ejecutaban por encargo.
Y con esa bandera se inició un proceso de depuración que ha terminado con miles de agentes corruptos echados a la calle en los últimos años. Decenas de departamentos municipales de policía han sido desaparecidos, luego de comprobarse que sus integrantes eran gatilleros rentados al mejor postor. Ejemplos como los de Monterrey, Veracruz y Acapulco son más que elocuentes. Hablan por sí solos de la degradación sufrida por las instituciones de seguridad.
Así las cosas, en el papel la idea calderonista de echar a los indeseables suena como una buena iniciativa. Nadie, después de todo, quiere al enemigo trabajando tan cerca. Pero la realidad es que las autoridades han sembrado las semillas de una nueva generación de sicarios.
Este será un problema mayúsculo que estallará en los próximos años. En su momento, antes de iniciar las limpias, no se crearon las salvaguardas suficientes: se perdió la oportunidad de diseñar un programa integral de seguimiento a ex policías, un mecanismo que les hiciera saber que, en alguna medida, el gobierno les tenía bajo vigilancia.
Hoy, quienes han sido expulsados de las corporaciones de seguridad del país no temen acción alguna en su contra. Una vez que salen de la nómina gubernamental, pueden desaparecer del radar cómodamente, a sabiendas de que es imposible para las autoridades mantener un mínimo registro de sus actividades.
Ahora bien, asumiendo que los exámenes de control de confianza hayan estado en lo correcto, ¿a dónde han ido a parar muchos de esos policías que ahora están libres para delinquir? Todo apuntaría a que a las filas del crimen organizado. Son valiosos y potenciales reclutas. Cuentan con conocimiento táctico y especializado y con datos duros sobre cuáles son las deficiencias, las debilidades y los puntos ciegos de las corporaciones para las que alguna vez trabajaron.
¿Quién no querría contratarlos?