Vivienda e injusticia

En su primera aparición como nuevo responsable del Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores, Alejandro Murat Hinojosa de plano dijo que le dejaron un desastre en las manos.

En su radiografía, el sector careció de liderazgo, de sustento legal y de coordinación apropiada. Sólo se buscó construir y construir casas al ahí se va, sin tener cuidado de construir viviendas de calidad, viviendas sustentables.

El dato: cada año se construye un cuarto de millón de viviendas, y en el país hay 4.9 millones de viviendas abandonadas, o sea, 20 años de construcciones inútiles.

Pero como revela el reportaje que publicamos hoy, al Infonavit, o al menos a su variante local, no le interesa tanto la vivienda de los trabajadores: sus abogados son parte de la fauna depredadora que se aprovecha de la ignorancia y los vaivenes de los amolados para quedarse con sus casas en remates a veces hasta simulados y por montos que resultan ridículos.

Alejandro Salas acompañó a varias familias en aprietos a lo largo de la odisea en que las envolvieron distintos factores, empezando por las dificultades económicas pero empeoradas por la actitud de los abogados del propio Infonavit, que en vez de defender a sus clientes, los derechohabientes, forman un cerco carroñero junto con los postores que a fin de cuentas se quedan con las casas rematadas.

El refrán reza “Debo, no niego; pago, no tengo”, y tal es la actitud de muchos de los morosos, que no le están sacando el parche a sus adeudos, pero que carecen de opciones para enfrentar sus responsabilidades. Ahora están recurriendo a la Defensoría de Oficio, empezando a pelear por que se reconozcan sus derechos y por impedir que el patrimonio que han ido adquiriendo de manera laboriosa termine en manos de tiburones.

Está claro que si la letra y el espíritu de la ley dicen una cosa, que la opción primaria necesariamente es el acuerdo, habiendo disposición del moroso, en los hechos la ley y las órdenes les hacen a los abusivos lo que el aire a Juárez. Esto habla de una orfandad materna justo en el organismo diseñado para cuidar de los más amolados. No se vale.