Y su última comida fue una Maruchan...

El otro día por la mañana me vino a saludar el encabezado periodístico más impactante del año. Impactante no por su trascendencia o significación histórica, sino por el simple hecho que llegó al papel en un diario renombrado. Se avecina un petardo por parte mío, pero debo aclarar que el diario reconocido que tuvo la osadía de publicar una noticia titulada “Última comida de Jenni Rivera: una Maruchan” no navega solo con este tipo de prácticas. Todos los diarios de nivel respetable en el país terminaron publicando por lo menos una pieza francamente deplorable con respecto a “La Diva de la Banda”, y nosotros tampoco fuimos la excepción.

El evento que describo no sólo me dio coraje por sí mismo, sino porque me recordó lo corriente que soy yo en lo personal: Me fío de ser pulcro, bien bañado; con ropa aceptable y las uñas recortadas, pero lo primero que hice al ver la nota fue correr hacia ella para obtener mayores detalles. Hice a un lado las noticias referentes a la avalancha de nuevas reformas que se van aprobando en el Senado, y relegué a un segundo plano el anuncio de la presentación de la ley de ingresos. Olvidé por completo las declaraciones de Christine Lagarde y básicamente desconocí la alarmante realidad que supone el Precipicio Fiscal.

Abandoné al instante cualquier gramo de decoro intelectual para leer –con un apetito voraz- cuáles eran las características de la sopa Maruchan que Jenni Rivera había degustado a escasas horas de su muerte. Absorbí con devoción de monje el hecho de que La Diva permaneció 45 minutos dentro de la tienda de conveniencia donde masticó algo por última vez, y terminé de llenar los huecos informativos en mi mente cuando leí el testimonio de una de las empleadas que mencionaba la amabilidad que mostró la cantante durante su permanencia. Fue sólo hasta que concluí mi lectura atenta y exhaustiva que conscientemente comencé a sentir vergüenza y a aceptar el hecho de que soy igual de impresionable y morboso que cualquiera.

Ahora bien, no pretendo levantar el labio superior y torcer la ceja diciendo que las notas de espectáculos necesariamente son malas, ni atacar a las personas que las disfrutan; pero resaltar el hecho de que lo último que comió una recién difunta fue una sopa instantánea es inapelablemente infame. No puedo ni imaginar lo que sintieron los familiares cercanos al leer algo así, pero seguramente no fue grato.

Ya entrados en gastos, y para terminar de demostrar la frivolidad del fenómeno social que son las noticias sensacionalistas, traeré a colación una triste realidad: La fama y proyección que tuvo un astro durante su carrera, así como la manera en la cual murió, son directamente proporcionales a la cantidad de tiempo aire que reciben post mortem. Si Jenni hubiese muerto de una manera menos sexy (hepatitis C), o no hubiera formado parte del elenco de La Voz, el resultante de la cobertura de su deceso sería considerablemente menor. No habría segmentos dedicados a la disertación de su música en CNN, ni anuncios de la película venidera que tratará los temas de su corta vida. Tampoco se hubiesen disparado las ventas de sus discos, sus videos no habrían sido tan difundidos; espacios editoriales tradicionalmente serios no ocuparían columnas enteras para describir su régimen alimenticio; y –aquí es cuando yo mismo me disparo en la pierna- esta columna estaría hablando del precipicio fiscal.