Nadie —ni los más fieles devotos— esperaba el milagro del Palacio de los Deportes. Ninguno estaba preparado para el viaje flamígero propulsado por El Jefe Bruce Springsteen y la extraordinaria E-Street Band.
Pero ahí estaba el demiurgo de New Jersey, a la vista de todos, con sus prodigios, con su inmaculada imagen de roquero. No por la vestimenta o el corte de cabello, sino por la actitud: la manera de pararse en el escenario, de cantar, de tomar la guitarra y arrancarle las notas más profundas, de comulgar con un público ávido y dispuesto a la inmolación.
En uno de sus aforismos, Cioran escribe: “Sin medios de defensa contra la música, estoy obligado a sufrir su despotismo y, según su capricho, a ser dios o guiñapo”.
Lo mismo experimentaba el cartujo —convertido en guiñapo y nunca en dios— al escuchar al Jefe: la absoluta indefensión ante una música surgida del alma, pero asimismo de la conciencia, del deseo de un mundo sin guerras ni injusticias.
La lista de las canciones interpretadas la noche del 10 de diciembre en el Palacio de los Deportes (“Glory days”, “Dancing in the dark”, “Born in the USA”, etcétera) no fue una apuesta nostálgica, empolvada por los años, sino la demostración de la plena vigencia de una propuesta artística capaz de emocionar a todos, sin importar las brechas generacionales.
Ahí estaban los viejos, pero también los jóvenes y aun los niños, aullando, bailando, dejándose vapulear por los poderosos sonidos de los metales, de las percusiones, de las cuerdas, de las voces del Jefe y sus impresionantes coristas.
Infatigable, Bruce andaba de un lado para otro, subiendo y bajando escalones, recorriendo pasarelas, dejándose llevar en vilo por sus admiradores, cargando chamaquitas, bailando, gozando sin disimulo su primera actuación en México ante un público claudicante desde el principio.
Parado junto a una pasarela, el fraile le dio rienda suelta a su paganismo y, sin importarle nada, cuando Bruce pasó a su lado estiró la mano pretendiendo un saludo. No lo logró; sin embargo, por primera vez supo del fervor de los verdaderos fanáticos, dispuestos a todos los desafíos solo por estar cerca de sus ídolos.
Como en el concierto de Patti Smith el 5 de mayo en el Anahuacalli, en el de Springsteen la convocatoria fue reducida. Eran evidentes los huecos en el Palacio de los Deportes y los revendedores ofrecían boletos por debajo del precio oficial.
Pero a nadie le importaron los ausentes. Bruce y compañía actuaron como si estuvieran en un estadio repleto. La gente nunca dejó de aclamarlo y él, seguro de su oficio, durante poco más de tres horas se adueñó de almas y voluntades, rompió todas las previsiones y escribió uno de los capítulos más memorables en la historia de los conciertos de rock en México para dejarnos —privilegiados testigos de su sortilegio— en estado de gracia.
Queridos cinco lectores, con la música de Nebraska y la imagen de un muchacho de 63 años, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.