El largo silencio del cartujo inquietó a sus compañeros en la sala de prensa de la FIL de Guadalajara. Estático, con los ojos fijos en la pantalla de la computadora, parecía haberse marchado al otro mundo como suele marcharse de todas las reuniones: sin decir adiós.
Era la noche del primer sábado de diciembre. En la tarde, las inmediaciones de la FIL se habían convertido en un campo de batalla entre policías y manifestantes contrarios a la “imposición” de Enrique Peña Nieto como Presidente. Pero las cosas no pasaron a mayores.
Horas después, las imágenes de lo ocurrido en la Ciudad de México lo dejarían catatónico. No daba crédito: jóvenes embozados y furiosos agredían a gendarmes inermes, les lanzaban piedras y palos encendidos, golpeaban con tubos de metal sus escudos de acrílico.
En su ofensiva, causaron destrozos y sembraron miedo, desvirtuaron el espíritu de las protestas ciudadanas y se dedicaron a la agresión a mansalva. Aunque nada de eso ven los apologistas del odio.
En las hordas no hay rebeldía —deberían saberlo— sino un rencor vivo. Esos muchachos no son sino ejemplo del lumpen proletariado, “ese producto pasivo de la putrefacción de las capas más bajas de la vieja sociedad. Puede a veces ser arrastrado al movimiento por una revolución proletaria; sin embargo, en virtud de todas sus condiciones de vida está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras”.
Las palabras de Marx en el Manifiesto comunista resuenan en la cabeza hueca del monje. Si en verdad a esos jóvenes les dieron 300 pesos por sus desmanes, por 500 cambiarían de bando sin dudarlo un momento.
Son mercenarios, carne de cañón. Utilería y pretexto para los columnistas “comprometidos”, para los caricaturistas “de izquierda”, para el periodismo ideologizado, mentiroso y ramplón, para las buenas conciencias de los radical chic.
Eran relativamente pocos, pero la policía, ineficaz y medrosa, sin un garrote para defenderse, no pudo contenerlos sino cuando ya era demasiado tarde.
Al final, detuvieron a unos cuantos culpables y a varios inocentes, y desde las redes sociales y la prensa “progresista” se alentó la idea de la represión, ese fantasma tan temido por los gobernantes mexicanos después de la matanza de 1968 y el Jueves de Corpus del 10 de junio de 1971, cuando estudiantes y maestros se enfrentaron —indefensos— a otros esbirros igualmente inconscientes y violentos: los halcones.
¿Me he vuelto reaccionario?, se pregunta el amanuense al escuchar su muda perorata. Frente a la computadora, sus compañeros lo zarandean, le hablan, le echan agua bendita. Nada parece devolverlo a la realidad.
Continúa viendo la cobardía de los pandilleros enmascarados; piensa en las familias de los policías —impreparados y con sueldos miserables— y en la sevicia de quienes, en su sed de poder y venganza, apuestan todas sus canicas a la intimidación y el terror. Y esto apenas comienza...
Queridos cinco lectores, como golondrina sin alambre, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.