El sábado 1º de diciembre todo estaba decidido: un nuevo presidente rendiría protesta, un opositor del sistema denunciaría de nueva cuenta las irregularidades de la elección, cámaras y micrófonos nacionales e internacionales apuntaban hasta el más mínimo movimiento del copete presidencial; sin embargo, lo más destacado fueron los disturbios en las inmediaciones del edificio legislativo y el centro histórico de la ciudad de México.
La indignación se desbordó en un grupo de provocadores, supuestamente pagados para causar destrozos en mobiliario urbano y locales comerciales. Perfecto escenario para culpar a la oposición de violenta, antidemocrática, casi en los límites de la psicopatía. Mientras tanto del lado opositor se afirma que hubo represión, y que asistiremos en este sexenio a una repetición de los peores momentos persecutores de los regímenes jurásicos del PRI.
Los sonidos de los enfrentamientos entre los grupos de jóvenes y la policía (http://www.youtube.com/watch?v=-LpDLRyU6E8), nos remiten a un descontento rabioso, producto de la frustración colectiva de no ver el cambio tan prometido por la alternancia y, por sentirse timados con el regreso de un PRI envuelto en gel y agua de colonia. Presidente telegénico que levanta sospechas, marchas, abucheos; pero el poder es avasallante, la vuelta del PRI es el retorno de un pariente lejano, al que se le ha perdido la confianza.
Pero ¡Ya qué se le va a hacer! , dice la mayoría de la población, quienes desean tener una vida tranquila, sin sobresaltos, sin preocupaciones políticas de importancia. Dirán que la política es cosa de los políticos, que quieren una clase política eficaz antes que honesta; no importa el cómo, sino resultados palpables.
De tal forma, el país está entre la resignación y el activismo, el pragmatismo y el fundamentalismo, los que se salieron con la suya y, los que se creen de nuevo timados. Ensimismados en el papel de víctimas, no se reconocen como verdugos, y seguimos con la folklórica costumbre de encumbrar caudillos que como dicen una cosa, dicen otra. Las voces de la protesta, ésa juventud preparada y trepada a las redes sociales, muestran una frustración que es menester reconfigurar en organización e imaginación.
Los disturbios, planeados o no planeados, revelan la terrible situación en cuanto al respeto de los derechos humanos, así como también el clima de protesta que desde tantos años hemos atestiguado, y que no han sido consecuentemente acompañados de eficacia en las elecciones. El discurso antipeñanietista y amloísta pierden sentido, cuando la población vive en una eterna contradicción, cuando las estructuras democráticas duermen el sueño de los justos en las pequeñas cosas, y en los más “democráticos” gobiernos.