Entre Peña y el caos, no hay nada que pensar…

Hace algunos meses retumbó en mi mente una frase de análisis político atípicamente aguda, elegante y constructiva. Escribo “atípicamente”, ya que en las conversaciones de corte político el aire suele encontrarse repleto de vómito verbal trillado, subjetivo, pasional, sofista, vacío, irrelevante, altisonante, superlativo, diminutivo, destructivo, engañoso y conscientemente incorrecto. Existió alguna etapa en el ocaso de mi adolescencia donde yo no adolecía al participar en una discusión densa con grupos de personas groseras que albergaban ideas rotundamente contrarias a las mías; pero hoy en día colapso del aburrimiento y la frustración.

Estoy seguro que la mayoría lo han experimentado: navegamos por los foros de algún diario electrónico y nos topamos con una nota interesante que habla de, por ejemplo, la nueva reforma laboral. Al concluir la lectura del texto procedemos a la sección de comentarios; en donde se detona el principio del fin de nuestras facultades mentales.

La nota periodística podría inclusive ser de corte técnico, una descripción sobria de las minucias de aquella propuesta, pero en menos de 5 minutos el foro virtual invariablemente queda convertido en un campo de batalla; habitado por dos bandos mortalmente antagónicos: Habrá comentarios peyorativos hacia Salinas, Moreira y “los muertos de Calderón” por un lado; acompañados por revires maldiciendo a Bejarano, YoSoy132 y a los huérfanos electricistas por el otro. Habrá alabanzas a Javier Sicilia y condenas a los Yankees, contestadas con condenas a Obrador y alabanzas a los Yankees. Habrá de chile, manteca y aspartame, habrá de tripa y de médula, habrá de MAYUSCULA y minúscula, disonante y altisonante, con y sin puntuación. Habrá de todo menos de seso; menos de corte constructivo y racional. El resultado asegurado es un caldo maloliente e insalvable de caracteres y palabras que desintegra cualquier apetito participativo.

Lo más triste es que algunos de los “opinadores” son seres inteligentes y empáticos; sólo que en la colectividad tendemos a bajarle varios percentiles al IQ. Y es que existe un puñado de especímenes verdaderamente nefastos -que suelen ser los más ruidosos y vehementes- que acapara la mística del foro y lo convierte en un mercado de abastos. Yo mismo me he dejado llevar por sus garras colectivas y verduleras, y he lanzado comentarios que mataría por retractar.

Por eso hizo tanto eco en mi mente la frase que no compartí al principio de este artículo, y cuadra la casualidad de que encaja perfectamente con el momento histórico que vivimos el día de hoy en nuestro país.

Peña Nieto toma protesta en medio de un mar de perspectivas y los análisis están de a peso, son commodities. Podría hablar del miedo que me dan los malos manejos de las finanzas públicas que son característicos del PRI, o de la emoción que me invade al pensar que podríamos ver concretadas algunas de las reformas estructurales. Pero ninguna observación sería más atinada y reconfortante que el comentario al que he aludido y hoy me plagio:

“Hace 300 años, si tú le hubieras dicho a cualquier persona que en el futuro veríamos cambios de regímenes en México sin el derramamiento de una sola gota de sangre, te hubieran llamado demente”.

Así es que ¡venga! Que se vayan acomodando los aguacates poco a poco; ya tendremos tiempo para exigir y reclamar. Por lo pronto celebremos esta institucionalidad que –bien que mal– eleva nuestra condición y nos aleja de las bestias verduleras, ensangrentadas y altisonantes que desintegran nuestros foros.