Baden-Powell, cazador de leones

La bibliografía de Baden-Powell elaborada por el difunto Fernando Soto-Hay incluida en sus obras publicadas por la Asociación, mencionan The Downfall of Prempeh, The Matabele Campaing (La caída de Prempeh y la campaña contra los matabeles), fechado en 1896 y del que difícilmente veremos algún día una edición al español. Por eso llama la atención La auténtica historia de «Las minas del rey Salomón», de Carlos Roca (Madrid, Nowtilus, 2012, colección Historia Incógnita), donde aborda la convulsa historia del reino de los matabeles, en la que se basara el escritor Rider Haggard para escribir la novela icónica de las aventuras coloniales en el continente africano.

Y es que en la bibliografía que recurre para documentarse, encontramos la mencionada obra de Baden-Powell, en una edición inglesa titulada The Matabele Campaign: 1896; being a narrative of the campaign in suppressing the sative rising Matabeleland and Mashonaland (Oxford, University Press, 1970), donde retoma algunos pasajes que consignan la participación del futuro fundador del movimiento scout durante la segunda rebelión de los matabeles, en el actual territorio de Zimbabwue.

Reproduzco la traducción de la cita textual donde relata la caza de un león:

Con la luz temprana de la mañana cruzamos un lecho profundo del río uMchigwe, y al hacerlo, notamos una huella fresca de un león en la orilla. Nosotros continuamos, y teníamos la mirada puesta en el enemigo, y al volver atrás, cuando nos acercábamos a este lecho, acordamos ir silenciosamente, en caso de que el león pudiera estar allí. Mirando abajo del banco de la orilla, mi corazón dio un salto de júbilo cuando pude ver a un magnífico y viejo animal que justo andaba detrás de mí en los arbustos…

La primera bala salió del arma de un acompañante de Baden-Powell, que fue a alojarse en una de las garras de la sorprendida fiera, antes que el propio B-P apuntara su rifle.

Disparé y le alcancé en las costillas con un abala de plomo de mi Metford. Él saltó y bailó a su alrededor con pasos asombrosos, cuando Jackson, que disparaba con un Martini-Henry, le dio en el hombro y él dio un giro gruñendo ferozmente. Apenas me podía creer que nosotros por fin hubiéramos conseguido un león pero estábamos resueltos a asegurarnos que fuera así y dije a Jackson que no disparara a no ser que fuera necesario (por miedo a estropear la piel con la bala más grande del Martini), me puse más cerca de la bestia y disparé un tiro detrás de su cuello…

“La última bala le había entrado por la parte de atrás del cráneo y salió por la mandíbula inferior”, escribe el propio Carlos Roca quien, previamente y con una deleitosa mala leche, había agregado: “Para entonces el animal, que estaba moribundo, dio su último aliento no sin antes girar su cabeza para mirar al hombre que le había quitado la vida”.

No es de sorprenderse que esto haya sido “expurgado” de las copiosas anécdotas que circulan sobre la vida del fundador del movimiento scout. Corren tiempos de corrección política, dirían por ahí.

Llamadas de silbato
FREDERICK RUSELL BURNHAM: No, el de la foto no es Baden-Powell, aunque se llevó con éste de piquete de ombligo, y su vida y conocimientos de los secretos de la naturaleza sirvieron de motivación para concebir al propio escultismo (la ficha de Wikipedia da a entender que hasta inspiró el uso del sombrero de cuatro pedradas, como con el que aparece en la imagen); de paso, también le ayudó a promover a los scouts en Estados Unidos, donde nació y llegó a ser una auténtica celebridad. Se conocieron en la rebelión de los matabeles de 1896, donde Burnham (1861-1947) sirvió bajo las órdenes de B-P ―en calidad de mercenario, cabe aclarar―, con quien exploró las colinas de los Matopos a la búsqueda de los refugios indígenas. En Lecciones de la universidad de la vida (Asociación de Scouts de México, 1996) se menciona de pasada cómo Burnham mató personalmente a uno de los cabecillas matabeles ―hecho que William Hillcourt, más pudoroso, de plano omite mencionar en su biografía sobre el fundador de los scouts. Carlos Roca aporta mayores detalles, de los que no duda calificar como un artero asesinato, al haberle disparado a la víctima, un corpulento sacerdote matabel de unos sesenta años de edad, cuando salía de una cueva mientras permanecía agazapado con su rifle. “Burnham lo describió después como un hombre de piel muy oscura, alto, y, cuando los ojos de ambos hombres se encontraron, el americano dijo que estos eran particularmente crueles. La única verdad es que había sido un asesinato en toda regla, que el profeta estaba completamente desarmado y además absorto en un baile ritual sin ninguna posibilidad de defenderse”, escribe Roca, sin tantas contemplaciones. Total, sólo era un salvaje sanguinario al que venadearon. (26/nov/12)