A mediados de los ochenta, al hablar del libro Mi último suspiro, Luis Alcoriza, guionista y amigo del director de Los olvidados, le dijo al cartujo: “No me gusta; en él Buñuel se puso en plan de viejito bueno”.
El libro —escrito con la ayuda de Jean-Claude Carrière— tal vez soslaya algunos episodios de la vida de Luis Buñuel, pero es ameno, revelador, intenso y, sobre todo, carece de pretensiones moralizantes.
Las palabras de Alcoriza resuenan de pronto con la lectura de Vivir (Grijalbo, 2012), el nuevo libro de Julio Scherer García, quien fue un gran periodista y ha sido —él se ha encargado de documentarlo en su bibliografía— un hombre seducido por la cercanía con los poderosos, de quienes se aleja, a Dios gracias, en el momento oportuno para conservarse inmaculado.
Obra de un viejito bueno, Vivir reitera las obsesiones de Scherer: su vida como reportero de Excélsior; el golpe de Echeverría contra ese periódico cuando él era su director general; la fundación de Proceso; su difícil relación con Miguel Ángel Granados Chapa, etcétera.
También —como en Secuestrados y La terca memoria— rememora hechos, cuando menos, desconcertantes. Por ejemplo, en mayo de 1968, en vísperas de un viaje a Checoslovaquia, acude a Los Pinos “con el propósito de saludar al licenciado Gustavo Díaz Ordaz”. Lo recibe el secretario de la Presidencia, Emilio Martínez Manatou, quien le entrega una carta y un sobre. Acepta la carta y rechaza el sobre “abultado”, pese a la insistencia del funcionario.
¿Era necesaria esa visita? ¿Los reporteros de entonces acostumbraban pedir la bendición del Presidente antes de viajar al extranjero? Éstas y otras preguntas se quedan sin respuesta.
Diez años antes, acompañado por el fotógrafo Daniel Casco, Scherer había viajado a Guatemala para entrevistar al tirano José Ydígoras Fuentes, cuyo gobierno mantenía un conflicto diplomático con el de México. Al terminar la encomienda periodística, se dio cuenta de algo terrible: no tenían recursos suficientes para emprender el regreso.
Entonces, desesperado, recuerda: “Le pedí dinero al dictador guatemalteco, enemigo de México. Le dije que firmaría el recibo correspondiente y devolvería el préstamo al pisar el aeropuerto Benito Juárez”.
¿No había nadie más a quién recurrir? ¿No hubiera sido preferible emprender el retorno a pie o en aventones antes de limosnearle a un enemigo de nuestro país?
En Vivir, Scherer insiste en la corrupción de Carlos Hank González, como lo hace en La terca memoria, donde cuenta cómo un 24 de diciembre el político mexiquense le regaló “una camioneta último modelo” y en correspondencia él mandó a hacerle a la esposa del profesor “unos aretes de esmeraldas” con el afamado joyero Sydney Leff.
En éste y otros de sus libros, Scherer renuncia a la condición divina conferida por sus epígonos para mostrarse humano, demasiado humano, con sus vuelos y caídas.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.