El espectáculo de la destrucción
Casi no veo televisión, pero hace días vi las noticias en televisa. Carlos Loret de Mola transmitía desde un valle en la frontera de Israel y Palestina. Desde ese lugar se podían observar los misiles que eran lanzados de un lado y caían por el otro. Un grupo de jóvenes, o varios grupos de jóvenes, se encontraban apostados en ese lugar observando cómo su ciudad era en parte destruida y también cómo su ciudad, en parte responsable de la destrucción de otra, lanzaba sus misiles. Las razones por las que observaban eran varias. Los jóvenes entrevistados eran todos israelíes. Algunos querían ver cómo su gobierno cobraba venganza de los ataques de los grupos terroristas como Hamás; otros simplemente estaban ahí porque era “cool”, estaba padre observar aquello. Aquello qué, ¿la locura?, ¿Los estallidos de las bombas?, ¿la muerte?, ¿las retrógradas formas de la intolerancia? Sí, tal vez retrógradas, pero no por eso menos reales.
Esa imagen me hizo recordar el final de una obra de teatro que escribí el año pasado y que se estrenó en Buenos Aires, se llama Vestigios, me causó sorpresa el hecho de ver replicada en televisión una escena de mi obra. En Vestigios una ciudad está siendo atacada por un cubo flotante que arroja bolas de fuego sobre la ciudad, el cubo simboliza el pensamiento cuadrado, la rigidez, lo programático y sobre todo lo inamovible. La ciudad está a punto de quedar bajo las llamas. Ante ese hecho, dos jóvenes, Lolo y Nena, logran escapar huyendo a la montaña, desde la cual observan cómo la ciudad es destruida en una noche. Cuando la obra termina está amaneciendo, un nuevo día supone un nuevo comienzo para esa sociedad. En la ficción que yo escribí los jóvenes escapan. En la realidad las cosas suelen complicarse.
En el caso de los jóvenes israelíes convertidos en espectadores de la guerra, cabría preguntarnos si ellos están a salvo, es decir, si su posición de espectadores es suficiente para tomar conciencia de lo que está pasando. Ellos están dentro de su realidad y al mismo tiempo están fuera de ella. El hecho de que vean desde lejos el espectáculo de la destrucción los pone aparte, la guerra no es de ellos, ellos no la han iniciado. Quién sabe si ellos la continuarán. Quién sabe si de ser meros espectadores llegarán a ser en el futuro los artífices de un cambio en las relaciones humanas entre los dos pueblos, o continuarán reproduciendo ese eco irracional de odio que la política actual tiene por arma y herramienta de control.