De pronto, con los recuerdos, en el cartujo brota la imperiosa necesidad de buscar un lugar oculto en la constelación de sus desvaríos: El Bodegón de Guillermo.
Lo conoció en 1976, en su primera visita a Tijuana, destino ineludible de los redentores de toda laya, aunque nadie quiera ser redimido en esta ciudad donde el exceso es religión.
Tenía 21 años y no deseaba la santidad sino conocer el mundo y sus promesas, por eso llegó a ese sitio de penumbra tenue, orquesta formidable y mujeres hermosas.
Nunca lo pudo olvidar, aunque, imprudente, no apuntó su dirección. Desaparecido hace muchos años, pocos en Tijuana saben ahora de su existencia y no fue fácil llegar a donde estaba; fueron necesarias varias noches y una fe inquebrantable para lograr el propósito de arrodillarse y besar el suelo de esa lejana quimera en la Séptima y Av. Revolución.
En su indagación preguntó a muchas personas, visitó lugares insólitos. Recorrió calles oscuras y escuchó historias de un pasado reciente cuando la violencia lo consumía todo con su lumbre.
Hace apenas cuatro años, Tijuana era el infierno donde acontecían inenarrables asesinatos cotidianos. Las imágenes en los medios eran inquietantes: “Aquellos niños de pre-primaria llorando en brazos de policías y la cruenta balacera que le dio la vuelta al mundo (…), los motines en la penitenciaría”, enumera Rafa Saavedra en su libro Border Pop.
Todo eso parece distante —acaso inimaginable— en medio del actual frenesí, cuando la noche extiende sus brazos para recibir a sus devotos. Las calles están llenas, los bares y congales muestran una clientela tan heterogénea como dispuesta al relajo, a gastarse un puñado de dólares en bebidas o en caricias tan tímidas como fugaces.
Tijuana es una fiesta, con su desenfreno y sus contrastes. Nada tan triste como esas “lolitas del tercer mundo”, como las llama Saavedra, muriéndose de frío mientras los probables clientes las recorren de arriba abajo y les preguntan su tarifa: 21 dólares por 15 minutos, responden ellas, con medio cuerpo desnudo y sin besos. Nada tan excitante como esos lugares permisivos donde cada quien le da rienda suelta a sus placeres sin sentirse acuchillado por miradas o comentarios inquisitoriales.
Nada como esas leyendas urbanas sobre el Zacazonapan (donde un letrero en la pared advierte: “Mata o muere, el dolor de la carne es temporal”) o Las Adelitas, escala imprescindible —dicen— de Joaquín Sabina cuando actúa en la ciudad y donde es prácticamente imposible encontrar una bailarina sin implantes.
La vida ha vuelto a Tijuana, como empieza a volver a Ciudad Juárez. Como regresa a otros lugares donde las autoridades federales, pero también y sobre todo los ciudadanos, han defendido con decisión su derecho a vivir sin miedo, a divertirse cuándo y cómo quieren.
Queridos cinco lectores, mientras recorre los intrincados pasillos del Hong Kong, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.