PUBLICADO EN MILENIO DIARIO MONTERREY
SEPTIEMBRE 11 DE 2012
Con motivo de los 416 años de la fundación de Monterrey, el artículo de la semana pasada se tituló “The Montegay News”, primero de una serie de cuatro textos sobre la metrópoli fundada por Diego de Montemayor el 20 de septiembre de 1596.
A propósito del título recibí llamadas por teléfono y correos electrónicos para saber hacia dónde me dirigía. Pensaba dedicar uno de los artículos a hablar de Montegay. Sobre todo respecto a de qué manera se vive y se asume la homosexualidad en una ciudad asediada por la violencia. Sin embargo, trataré ese tema específicamente en una crónica que incluiré en un libro en preparación.
El título era un derivado de The Monterrey News, nombre del periódico, primero en inglés y luego en español, publicado entre 1892 y 1911 por el coronel Joseph A. Robertson. También es el título de una novela del escritor Hugo Valdés Manríquez.
Y como esta joven anciana de 416 años todavía tiene pedacitos buenos, sigue dando de qué hablar.
Tiene la palabra la ciudad: “En aquellos tiempos se caminaba mucho. Se cabalgaba otro tanto. Rancherías y comunidades se iban sumando a la pequeña mancha que paso a paso me perfilaba como metrópoli. Un paisaje gris me fue cubriendo, o así me veía yo en esos tiempos. Mi espejo era el polvo y la miseria, las piedras y los caminos reales. Pero mi gente era sencilla y terca, y estaba dispuesta a no dejarse morir, por muy anchos que vinieran los ríos, por muy prolongadas que estuvieran las sequías o por muy crudos que llegaran los inviernos.
“Estaba a años luz de ser una aldea global, y no era todavía la metrópoli que concibieron en mí, con tanta pompa, don Diego de Montemayor y sus doce acompañantes. Casas de sillar y palma. Cabañas de madera a los costados de las cañadas y en pequeños claros. Caídas de arroyos y brote de veneros, calles de poniente a oriente y una fe religiosa acrecentada que oraba por una estancia menos penosa. Las veces de correo –como bien ha dicho mi cronista Israel Cavazos– las hacía un propio, con la tardanza condicionada por los malos caminos y los peligros constantes”.
Si los historiadores y los cronistas la pintan bella, por qué Monterrey es una ciudad fea. Busco una sombra para protegerme de los disparos del sol, pero todo a mi alrededor es una enorme plancha de acero y cemento que humea. La ausencia de árboles afea a una ciudad con aires de metrópoli, pero que en el fondo es acaso, no una ciudad en mangas de camisa, como la concibió Alfonso Reyes, sino una provinciana en chanclas. Así de contradictorio es mi amor por mi tierra adoptiva.