De la esclavitud, al autismo

No sé si lo hayan notado. Es un fenómeno cada vez más frecuente. Personas caminando lentamente, absortas en su teléfono inteligente, ignorando a todos quienes están en a su alrededor o a lo que sucede. No importa si van solos o acompañados. Los vemos mientras caminan, en los elevadores, en los restaurantes, en reuniones con amigos, de lunes a viernes, en horarios laborales, los fines de semana, a altas horas de la noche o temprano por la mañana. Físicamente están presentes, pero su mente está a kilómetros de distancia. Ignoran todo lo que sucede a su alrededor y si alguien los trata de sacar de su estado, probablemente contesten con un gruñido —eso sí contestan— o hasta se molesten.

El concepto de autismo abarca una serie de trastornos que afecta las habilidades comunicativas, la sociabilización y la empatía de la persona. ¡Claro! ¡Es eso lo que nos pasa! Nuestra extrema dependencia a los teléfonos inteligentes nos ha convertido en autistas. La manera más fácil de reconocernos es la forma de caminar. Lentamente pero sin detenernos (un poco como zombi), con la mirada en el teléfono y a la vez de reojo viendo la calle para no tropezar, vamos revisando si no tenemos mensajes en el correo, Twitter, Facebook, Linkedin o lo que se nos ocurra. Si hay algo interesante, habrá una pausa; para después reanudar nuevamente nuestro camino.

Hemos dejado de ser esclavos para ser autistas. Me explico, antiguamente nos pensábamos esclavos de la Black Berry (su mismo nombre es alusivo a ese grillete con una pesada bola de fierro que portaban los reos en las cárceles para no escapar). Hoy, creo que dejamos la esclavitud para elegir el autismo y la dependencia extrema a los teléfonos inteligentes. Cuando digo extrema no estoy exagerando, la necesidad de estar conectados nos ha llevado demasiado lejos. Para muchos, su teléfono es lo primero que ven al despertarse y lo último al dormirse. No pueden soltarlo y no se imaginarían estar esperando a alguien en un restaurante o bar sin esa herramienta que entretiene y nos hace sentir acompañados.

El problema del teléfono en la mesa, lejos de solucionarse, se ha agravado. Hoy los móviles con sus historias paralelas son parte importante de lo que sucede en una reunión familiar o de amigos. “Buenísima tu frase, la voy a subir a Facebook” dice uno mientras saca su teléfono celular. “Me dice Magda por Whats App que viene este fin de semana y que te manda saludar”. Minutos después dice el primero “Ya me contestaron en Facebook. Tu frase tiene 5 “me gusta”. Algún otro comenta una noticia reciente que leyó en Twitter. Así, los teléfonos, sus aplicaciones y la realidad virtual que en ellos sucede, se torna en protagonista principal de la vida real. En una reunión con unas cinco personas presentes, seguramente dos o tres solo están físicamente porque su mente está en comunicación (vía redes sociales) con otras personas.

Por eso, de un tiempo acá prefiero las llamadas. Para empezar, uno no suele contestar el teléfono a menos que sea algo importante, y si no lo es, la llamada termina rápidamente. Al finalizar, generalmente nos disculpamos. En cambio, el que está enviando mensajes en su BBM o Whats App, Twitter o Facebook, no se molesta en disculparse o en dejarlo de hacer. Puede pasar un buen rato ultimando los detalles de su plan para la noche en el chat grupal. Hay otros misteriosos que sonríen cuando ven el recado en el celular. Cuando preguntamos qué pasa nos dicen que es algo laboral. ¡Claro! ¡Esa sonrisa de emoción es generalmente lo que sentimos cuando recibimos un mensaje de nuestro jefe en sábado por la noche! Junto con la habilidad de recordar los teléfonos, estamos perdiendo la capacidad de dar explicaciones plausibles (o mentir, de plano) para encubrir algo que no queremos que los demás se enteren.

El otro día me sentí como mi mamá al pedirles a dos amigos en una comida que guardaran sus celulares. Y miren, para que lo diga yo, que soy culpable de todo lo que he escrito en este artículo, es que la cosa estaba grave.

Y aquí sucede como en otras áreas de la vida. A todos nos molesta sentirnos ignorados cuando nuestro interlocutor está chateando, contestando correos, o lo que sea, en vez de prestarnos atención. Puede ser una cuestión de ego, que se siente profundamente lastimado al no ser tomado en cuenta, pero también es cuestión de educación y respeto por la persona que tenemos enfrente. A pesar de ello nos cuesta trabajo entender que otros se molesten cuando decidimos ignorarlos para prestarle atención a nuestro juguete favorito.

Hoy, quien no tiene o no quiere usar un celular es considerado un excéntrico o de plano, un loco. ¿Cómo alguien puede vivir sin un teléfono inteligente? Pues aparentemente, quienes eligen no tenerlo, viven bastante bien, de lo contrario ya tendrían uno. Y en el fondo de mi corazón, debo confesar que envidio un poco esa libertad y presencia que esas personas pueden disfrutar sin un teléfono en la mano.

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