“De haber sabido” exclama Mitt Romney, cabizbajo

Muchos caucásicos no la veían venir, pero el día de hoy les queda más que claro: Estados Unidos se pone cada vez más moreno. Si licuáramos la epidermis de todos los habitantes del país vecino, el resultante sería un pantón notablemente más oscuro que el que se hubiera obtenido hace 20 años siguiendo el mismo procedimiento. Sería como brincar de un helado natural a uno de vainilla ligeramente avellanada; o de un bloqueador SPF 100 obligado en Cancún a uno SPF50 cauteloso sólo los primeros tres días.

Esto se podrá deber a muchas cosas (ocuparíamos sacar a relucir el método científico para determinar por qué, en 1995, nuestros paisas representaban el 10.2% de la población de Estados Unidos; y hoy en día ocupan el 18.5%); pero –sea por la migración, o por nuestra cachondez pasional que nos lleva a reproducirnos a ritmos insólitos- lo cierto es que las dinámicas demográficas en EU se zangolotean cada vez más. ¿Qué más se puede concluir al enterarnos que de 1950 para acá, el porcentaje poblacional ostentado por los anglosajones en su país se redujo a la mitad? Me llegan ligeros tufos de un concepto llamado reconquista.

Estos datos son útiles e interesantes por sí solos, pero el miércoles adquirieron una proyección mediática y política pocas veces antes vista: Nosotros, los hijos mestizos del tercer mundo, le otorgamos la victoria -el segundo término- a Barack Obama. El 75% de la población latina que cumple con los parámetros necesarios para poder votar, votó por el recién ratificado. ¡75%... PUM! Esto no es una mera llamada de atención para los Republicanos, es un apretón de tráquea y un trancazo en la nariz.

La contundente apuesta del equipo de campaña de Mitt Romney, que consistía en desatar la euforia del electorado blanco, religioso, conservador y en plena mid-life crisis; con promesas de un fomento de “autodeportaciones masivas de indocumentados que no hacen más que vivir del presupuesto del estado y robarle trabajos a los gringos de adeveras” le salió por la culata. Ante la amenaza inminente de tener que desalojar lo que hoy en términos prácticos es su país, nuestros paisanos en el norte salieron para dar un mensaje tajante y demostrar su creciente músculo electoral.

Hay quienes afirman, y pienso que afirman bien, que Romney no es más que un republicano moderado que se vio obligado a radicalizar sus conferencias de prensa para lograr amarrar la candidatura de su partido. El problema es que –como lo hemos comprobado en nuestro país con la segunda y fallida campaña de Andrés Manuel López Obrador- en la política los negativos pesan como elefantes. No hay “undo”; y cualquier declaración que hayas hecho o postura intransigente que hayas adoptado en campaña te seguirá como garrapata prensada durante el resto de tu vida política. Cuando los estrategas del cuarto de guerra de Romney le midieron el agua a los camotes latinos y entendieron que de no obtener un mayor porcentaje del voto hispano -que se denotaba en las encuestas- quedarían sin duda eliminados, desenfundaron la artillería pesada y comenzaron a hacer maromas para apantallarlos; pero para ese entonces era demasiado tarde.

El arroz con mole ya se había cocido.

De vez en cuando me permito imaginar el panorama de un Estados Unidos en el año 2100, con nuestros hermanos hispanos desparramados y atrincherados en los más prestigiosos círculos del poder, la influencia y la notoriedad. Lo hago y sonrío, como supongo lo hará un padre al escuchar la primera palabra de su primogénito y entender que con el tiempo vendrán muchas, muchas más.