Holgazaneando frente al televisor, vuelvo a ver Up: una aventura de altura, percatándome de aspectos hasta entonces desapercibidos, como cuando Rusell, el scoutito coprotagonista, anuncia que debe ir al baño antes de interna en la selva, con una pequeña pala en la mano para enterrar lo que el cuerpo humano suele expulsar en tales circunstancias.
Aquel detalle, en apariencia anodino, me develó de golpe y porrazo cómo, hasta ahora, me he comportado como un puerco en circunstancias similares.
Hago el recuento mental de todas las construcciones y astucias realizadas en campamento, y encuentro que nunca incluimos las letrinas dentro de las mismas, ¿para qué, si disponíamos de los cerros circunvecinos para tales menesteres?
Igual que vacas y borregos.
Además, en mi caso, llegué a mentalizarme de tal manera, que podía bloquear mi aparato digestivo por los dos o tres días que duraba el campamento, habilidad de la cual llegué estúpidamente a enorgullecerme: el triunfo de la mente sobre la materia, alardeaba.
El problema era una vez concluido el campamento, que emprendía el regreso a pie del local a mi casa: al cruzar el Eje Central, un escalofrío me sacudía el cuerpo cual descarga eléctrica, anunciándome que el organismo retomaba su ritmo normal, lo cual indicaba el momento de acelerar el paso, el cual pasaba a trote sostenido a la siguiente cuadra, para terminar en una desaforada carrera que culminaba frente a la puerta metálica de mi casa, la cual golpeaba con genuina desesperación.
—Abran paso, que viene herido —decía mi padre, socarrón, al momento de abrir la puerta y hacerse a un lado para dejarme entrar como torbellino directo al baño que, gracias a lo dioses, se encontraba a un par de metros de la entrada de la calle.
Salía media hora después, luego de lavarme las manos y secarme las lágrimas que me habían humedecido el rostro.
Por supuesto que concentraciones masivas de scouts demandaban montar instalaciones sanitarias, aunque debe señalarse que el uso las unidades portátiles hoy por todos conocidas empezaron a emplearse hasta fechas relativamente recientes.
Previamente, se recurría a excavar zanjas a las que, luego de cierto uso, se les arrojaba paladas de cal antes de volver a cubrirlas con tierra (y convertir esa franja de terreno en un páramo, sospecho). El ingenio esculta se manifestaba en las estructuras que se improvisaban para brindarles un mínimo de privacidad a sus usuarios y los puntos de apoyo indispensables para evacuar el cuerpo.
Fueron esta clase de ingenios el escenario de uno de los incidentes más… dramáticos ―llamémoslo así― en la historia de los campamentos nacionales, concretamente en el realizado en Durango, en 1989, cuando uno de las estructuras de cartón con que estaban recubiertas las letrinas se reblandeció por el uso, provocando que no pudiera sostener el peso de uno de sus usuarios, quien se precipitó al fondo del depósito. El escatológico incidente quedó registrado en las páginas de El Alacrán, el periódico del campamento dirigido por un servidor, al haber sido atestiguado por el Panocho, uno de sus insignes reporteros.
—Nadie se le quería acercar ―llegó a relatar con morboso entusiasmo―. De pronto, la tierra se abrió bajo sus pies y se fue de espaldas hasta el fondo— aquí, el Panocho soltó un prolongado chiflido que ilustró a la perfección el momento de la caída, como en una caricatura del coyote y el correcaminos.
Llamadas de silbato
SOBRE LETRINAS: Albert Boekoholt, autor de Manos hábiles. Trabajos manuales de campamento y al aire libre (Editorial Vilamala) señala que las letrinas de campamento deben ser fáciles de desinfectar, alumbradas por la noche, al abrigo de las miradas y estar protegidas de la lluvia. Para uno de los modelitos que ilustra, advierte que el asiento debe ser un trozo de madera “bien desprovisto de su corteza y bien redondeado” que, además, “sea movible para poderlo lavar cada día”. La pura sabrosura… FAUNA LOCAL: Reviso la Ficha técnica elaborada por la Subcomisión Nacional de Programa y el Comité Organizador del Campamento Nacional de Durango ―realizado en el parque nacional El Tecuán, a 60 kilómetros de la capital del estado―, con información de la zona de acampado que debió disparar la imaginación de sus participantes. “Los animales característicos de la sierra son: el oso (que está desapareciendo), el lobo, el venado y diversas variedades de ardillas, llamadas ‘tachalotes’ en la región”, se lee en el apartado dedicado a la fauna local. “Las aves son escasas, siendo las más importantes el guajolote o cócono, que vive en grandes parvadas, los pito-reales (en extinción) de la familia de los carpinteros, notables por sus brillantes colores; y los pericos, que durante la estación de lluvias vienen a formar sus nidos en los troncos de los pinos”. Y concluye: “Los reptiles y los insectos también son escasos. En los ríos de la sierra abunda una variedad de trucha color aceitunado, sumamente agradable por su sabor, que como todos los salmónidos, necesitan para su vida el agua fría”. (05/nov/12)