Algo es normal cuando se encuentra en su estado natural. Lo natural es que tu cuerpo esté sano, que los gobernantes sean honrados, que las cosas funcionen sin mayor contratiempo. Lo natural es que una obra de ingeniería funcione, que puedas llegar a tu casa o trabajo sin inconvenientes. Los “focos rojos” se encienden cuando este estado natural se altera para que nos demos cuenta de que algo está mal y hagamos algo al respecto para ponernos a salvo. Cuando amanecemos con un fuerte dolor de estómago o fiebre sabemos, que no es el estado natural de nuestro cuerpo y hay que acudir al médico. Si el transporte colectivo se encuentra suspendido y no podemos llegar a trabajar, llamamos para avisar que llegaremos tarde, mientras la situación se regulariza.
La normalidad no sorprende, es la ausencia de ésta la que nos llama la atención. Generalmente, no despertamos diciendo: “Muy bien, hoy no amanecí con hepatitis o tifoidea”. Tampoco avisamos a nuestra oficina para decir que llegaremos a tiempo. Si bien es cierto que los accidentes o situaciones difíciles suceden, no son parte de la normalidad, son la excepción a la regla. A pesar de que existan los despidos, los accidentes aéreos y la violencia doméstica, lo natural es que cuando lleguemos a trabajar tengamos un empleo, que si tomamos un avión éste llegue sin contratiempo a su destino y que en nuestro hogar vivamos en un entorno armonioso.
Cuando la normalidad se ve alterada, por una causa externa, la vamos aceptando hasta que ello que era “anormal” se vuelve “normal”. Necesitamos adaptarnos a las nuevas circunstancias para sobrevivir y eso hacemos gradualmente. Así, nos acostumbramos a la violencia, a la guerra o a la enfermedad. Si padecemos alguna enfermedad que nos provoque dolores de cabeza crónicos, lo inusual será que un día amanezcamos sin ellos. El que podamos adaptarnos para sobrevivir, no quiere decir que las cosas estén bien o que así deberían de ser. Y es peligroso acostumbrarnos a esos estados que deberían ser de excepción. No está bien que vivamos enfermos o rodeados de violencia. Es necesario actuar para revertir esa situación.
Esta semana hubo dos perfectos ejemplos de lo que acabo de mencionar. Lo normal debería ser que un presidente trabaje hombro con hombro con los gobernadores, independientemente del partido al que pertenezcan. Que vean por el bien del país antes que por sus propios intereses. Que señalen sus errores y sus aciertos libremente. Finalmente, son funcionarios que fueron elegidos democráticamente y que tienen una encomienda de los ciudadanos para desempeñar esa labor. Queremos que resuelvan los problemas y hagan su chamba sin importar a qué partido pertenezcan ellos y las personas con las que tienen que tratar. Eso es lo natural. Punto.
Desafortunadamente, es común que los políticos antepongan sus intereses partidistas a lo que es conveniente para el país. Sucede con tanta frecuencia que parecería que es lo “natural” y erróneamente terminamos creyendo que si el presidente y un gobernador pertenecen a diferentes partidos, es normal que tengan desacuerdos y trabajen a regañadientes y tropezones.
Por eso, el que Felipe Calderón y Marcelo Ebrard hayan inaugurado juntos la Línea 12 del Metro fue motivo de innumerables comentarios en Twitter, Facebook y columnas de análisis político. En todas partes se cuecen habas. En esta misma semana, en los Estados Unidos, el presidente demócrata Barack Obama se reunió con el gobernador republicano de Nueva Jersey, Chris Christie, y éste elogió públicamente la labor del presidente y agradeció su apoyo durante los difíciles momentos que vivieron con el huracán (o súper tormenta) Sandy. También fue comentado en los medios de ese país.
El que el gobernador republicano Christie elogie el empeño del presidente Obama ante la crisis provocada por el huracán Sandy, al igual que el abrazo de Marcelo Ebrard y Felipe Calderón (al igual que su primer saludo en el 2011) sea noticia, es una triste señal de que percibimos estas situaciones al revés, algo que debería ser regla se transforma en una excepción.
Al igual que si ignoramos una dolencia del cuerpo no podremos recuperar la salud, si no nos damos cuenta que lo natural es que los gobernantes trabajen juntos por el bien de su país, dejando sus intereses partidistas a un lado, no vamos a avanzar.
No debemos acostumbrarnos a vivir con violencia, a que las reglas no se cumplan, a ser víctimas de injusticias o maltrato. Acostumbrarnos a la anormalidad, ya sea en nuestra vida personal o como ciudadanos, es peligroso. En el mejor de los casos, nos condena a seguir en la misma situación. La violencia, la corrupción, el dolor, la pobreza, los políticos que anteponen sus intereses a los de su país, son reales, sin duda, pero no son parte de la normalidad. No podemos acostumbrarnos a ellos. Tenemos que actuar y cambiar la situación. De lo contrario, las cosas que antes percibíamos como negativas, serán nuestra realidad cotidiana.
fernanda@milenio.com
http://www.milenio.com/blog/fernanda
Twitter http://twitter.com/FernandaT