¿Cómo será este domingo el programa Sin filtro, en Foro Tv? ¿Tan decepcionante como el primero? ¿Con el mismo o mayor protagonismo de Antonio Attolini? La incertidumbre carcome el desnutrido optimismo del cartujo.
Si cuando menos los panelistas fueran divertidos, o irreverentes, o valerosos, la emisión acaso valdría la pena. Pero no: son listos y habladores, y nada más. No proponen nada nuevo y su discurso de democratización de los medios huele a rancio. Tal vez olvidan o ignoran la larga lucha en este sentido.
Si la arrogancia se los permite, deberían preguntarles a sus maestros sobre el tema, leer a los especialistas o remitirse a documentos como el Plan Básico de Gobierno 1976-1982 de José López Portillo, donde el derecho a la información aparece ya “como una nueva dimensión de la democracia” y donde se alude a la pluralidad y a la participación ciudadana en los medios electrónicos. Tal vez así podrían encauzar mejor sus inquietudes.
Pero no, quieren descubrir el agua tibia, brillar en la pantalla de la televisión, tutearse con los poderosos.
En una entrevista con CNN México, Attolini mencionó el proyecto de convocar al programa a Luis Videgaray, coordinador del equipo de transición de Enrique Peña Nieto. “Queremos invitarlo —comentó— y decirle Luis… no llamarlo doctor Videgaray, sino Luis”.
Vaya atrevimiento del igualado muchacho. Pero hasta en eso él y sus amigos llegan tarde; casi no hay emisión periodística donde sus titulares no se tuteen con los entrevistados, sobre todo con los políticos. Es lo común.
¿Pero importa si a Videgaray le dicen Luis o doctor? ¿No sería más relevante la calidad de sus preguntas o cuestionamientos? Por lo demás, si lo invitan ojalá y lo dejen —como diría José de la Colina— cuando menos intercalar algunos silencios.
Como tantos otros panelistas de programas radiofónicos o televisivos, estos jóvenes practican con furor el artero arte de arrebatarse la palabra. No conocen el diálogo sino el monólogo; no escuchan a los demás sino se regodean en su propia cháchara.
Por eso son tan aburridos. Por eso también, fuera de sus parientes, amigos muy cercanos, novios o novias, pocos aguantaron el programa inaugural completo. Incluso el monje —fogueado en tantas dolorosas penitencias— estuvo a punto de abandonar la misión, pero lo detuvo la mirada insolente de Gisela Pérez de Acha y la esperanza de encontrar en estos próceres de la juventud algo distinto a la paja, a los lugares comunes tan redituables en las marchas y mítines, en las protestas callejeras, pero tan cansados en un programa de televisión.
La aparición de Sin filtro, por otra parte, es una muestra más de la decadencia —o desnaturalización si se quiere— del movimiento #Yo Soy 132, de la otoñal “primavera mexicana”, celebrada por muchos pese a su proverbial intolerancia.
Es, sin duda, solo un programa furris de prófugos de la disidencia. Lástima.
Queridos cinco lectores, en el invierno de su vida triste, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.