Puente de Muertos

Para estas fechas, solíamos reacomodar el escaso mobiliario del cuarto techado con láminas de asbesto del local de nuestro grupo, para montar un modesto altar con el retrato de Baden-Powell que, el resto del año, colgaba de una de las paredes de tabique (en realidad, se trataba de una copia a lápiz ―sospecho que realizada por el Panqué o su hermano, Luis Pérez, ambos con dotes artísticas― de la conocida imagen donde aparece con los brazos cruzados y semblante regañón).

La montábamos con par de veladoras, sobre una mesa tapizada con papel de china. Por suerte, el venerado fundador del movimiento scout no llegó a jalarnos las patas por la paupérrima ofenda colocada, sin pan de muerto. O, si alguien llegó a ponérselo, no tardó en llegar otro a zampárselo.

Más que una fiesta de Jalowin, lo que se realizaban eran fogatas alusivas a las fechas, para las que nos disfrazábamos, como lobatos y troperos. Jamás se le ocurrió a mi Akela convocar a la manada para pedir “calaverita”, lo cual yo hacía fuera de mi casa, con una pinchurrienta caja de tenis Canada ―así, sin acento― que mis papás me compraban para la clase de educación física, a la que le hacía unos agujeros a manera de boca, nariz y ojos, con una vela dentro.

Ya desde entonces los Indabas nacionales se realizaban durante el puente de Muertos, en Meztitla, a donde muchos participantes habían acudido mes y medio antes, al Encuentro de Expresión y Arte Scout, que se programaban en el puente Patrio. Asistí a uno de ellos, por vez primera, manejando un automóvil ―un Shadow modelo 91, color plateado y transmisión automática, de mi padre―, al que retaqué con la mitad del Consejo del grupo 159 de la Cuauhtémoc, dirigido entonces por mi añorado amigo Juan Carlos Reyes, quien ya va para una década de fallecido.

Llegamos después de las diez de la noche al campo escuela, de donde me regresé, sin pasaje, al pueblo para esa hora en silencio. Recorrí en sentido inverso sus calles de terracería hasta regresar al tramo de carretera ubicado a la altura de Camohmila, por la que enfilé un pequeño tramo hasta llegar a estacionarme afuera del atrio de la pequeña iglesia ubicada a la salida del pueblo, rumbo a Amatlán: aunque estaba desierta, permanecía abierta y con un corredor de veladoras ―sus llamas a momentos languidecían ante la brisa nocturna―y pétalos de cempasúchil que culminaban al pie de altar, a manera de iluminada pista de aterrizaje para las almas que, aquella noche de principios de noviembre, visitaban la tierra.

Si alguna vez he experimentado la magia de la noche tepozteca en todo su esplendor, fue entonces.

Llamadas de silbato
NUEVOS INTEGRANTES DEL “CLUB DE LOS OCTOGENARIOS”:
Aunque tal parece que nadie lo pelará, el próximo jueves primero de noviembre es el aniversario número 81 de la Asociación, el “de a deveras”, a partir de la ceremonia de Promesa de los primeros grupos scouts que la conforman, realizada en 1931. Cabe señalar que durante sus primeros doce meses de vida se integró el grupo I de Torreón, Coahuila ―de cuya fundación de habló en este espacio, meses atrás― y, en la ciudad de México, según el recuento hecho por Fernando Soto-Hay en Los scouts en México a través de los años, un nuevo grupo VI, auspiciado por el Colegio Francés de La Salle y encabezado por uno de sus profesores, Benito Massard; el grupo VII, fundado en la parroquia de Santa María la Ribera, y el grupo VIII, cuyo jefe de grupo era Arturo JiménezY MIENTRAS TANTO, EN YUCATÁN: Soto-Hay también da cuenta de cómo, ochenta años atrás, se formaliza la creación del Cuerpo de Exploradores de Yucatán, una de las diversas agrupaciones escultas que han existido en el sureste del país, acorde al decreto expedido por el congreso de aquel estado, fechado el 15 de julio de aquel año. Dicha agrupación terminó por integrarse en la siguiente década a la provincia Yucatán, de la Asociación de Scouts de México. (29/oct/12)