‘Kid Pambelé’

La locura comenzó la noche del 28 de octubre de 1972, en el Gimnasio Nuevo Panamá, cuando el colombiano Antonio Cervantes Reyes, mejor conocido como Kid Pambelé, despojó al local Alfonso Peppermint Frazer del título de los welter junior de la Asociación Mundial de Boxeo, al noquearlo en el décimo episodio.

En la ciudad del Canal, ante su público, Peppermint cayó tres veces en ese round; la última para no levantarse. Tenía el rostro destrozado por los jabs precisos y letales de Cervantes, convertido en implacable verdugo y en nuevo campeón del mundo.

Ese fue el principio de una demencial carrera al precipicio. Pambelé amaneció como el máximo ídolo de un país acostumbrado al fracaso. Los empresarios y políticos, los vividores de toda laya lo vieron como apetecible botín y el ego se le infló sin remedio con el venenoso humo de la fama, los halagos y el dinero.

En el libro de Alberto Salcedo Ramos El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (Aguilar, 2012), el cartujo descubre a este personaje admirado por Gabriel García Márquez, frecuentado por presidentes de la república, inmortalizado en poemas y canciones como aquella donde, a ritmo de vallenato, Carlos Vives dice: “Voy a contar una historia/ de un héroe que tengo./ Todos vivimos la euforia/ nos queda el recuerdo”.

Cervantes escapó de la pobreza a punta de trancazos. Nunca esperó el éxito. Aunque era fuerte y pegaba duro, no sabía boxear y su colección de derrotas aumentaba en cada combate. Un escándalo —al parecer una pelea arreglada— lo llevó a Venezuela, donde el manager Melquíades Tabaquito Sanz limó sus defectos hasta hacerlos desaparecer y le enseñó los secretos del arte de la fistiana.

Era un boxeador imponente cuando se enfrentó a Peppermint Frazer, a quien volvería a vencer en la revancha, noqueándolo en el quinto round. Era disciplinado y buena gente; nada en él presagiaba al demonio de los siguientes años, cuando las drogas y el alcohol lo llevarían a desbaratar a sus familias —tenía dos esposas reconocidas y varias amantes—, a la cárcel, al manicomio, de regreso para siempre a la miseria.

La vida de Kid Pambelé, la manera como malgastó su patrimonio, su prestigio, su cordura, detona el recuerdo de algunos ídolos caídos del boxeo mexicano. Ricardo Pajarito Moreno, por ejemplo, llevaba tapones de oro en su Cadillac del año y encendía sus cigarros con billetes de cien pesos. Al final, luego de muchos escándalos y muchas mujeres, de largas noches de borrachera y marihuana, murió en la más absoluta pobreza en un gimnasio de Durango, donde dormía sobre cartones extendidos en el piso.

Es la misma historia —con sus matices— de Rodolfo Chango Casanova, José Toluco López, Rubén Olivares, Carlos Zárate y tantas otras figuras inolvidables de un deporte hermoso y violento en el cual las caídas más dolorosas —nocauts sin cuenta de protección— no suceden dentro sino fuera del ring.

Queridos cinco lectores, el Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.